Relatos

Ámsterdam

Y es aquí, en ésta celda, donde mi carrera como guionista se ha consumido breve y de un fogonazo, como un pedo quemado con un mechero. Si cuando firmé el contrato me hubieran advertido que era una profesión arriesgada, habría respondido con un soplido altanero. Y ahora resoplo de frío en el calabozo de la policía de Ámsterdam, meditando si volver a redactar cupones de descuento en el supermercado.

No ha sido por falta de talento. Los productores coinciden unánimes en definir mi estilo como “ altamente escatológico, desagradable, ácido y grosero”, en fin, todo lo necesario para triunfar en el cine cuando la trama se tambalea; sé que no soy Shakespeare, pero  me encantan las guarrerías.

Yo no he sido el culpable, me repito sentándome en el suelo. En realidad, Ella había sido la mariposa que desencadenó todo el huracán, aunque quizá “mariposa” no era el insecto más adecuado para describirla, aunque a pesar de su aspecto y su olor a moqueta gris, la quiero. Sin embargo, aceptar que se mudara a mi piso no fue la mejor de las decisiones.

Recuerdo la tarde que desencadenó el torrente de infortunios. Mientras comíamos leche con galletas admirando los esfuerzos de Bogart por doblar su acartonado rostro en Casablanca, Ella me deslizó la idea por el oído como una carta bajo la puerta. “¿Por qué no sube al avión ese idiota?” Eructó de forma sutil, y una gota de leche se desprendió de su bigote. “Los guionistas son unos sinvergüenzas” Y claro, por llevarle la contraria, decidí escribir guiones.

 En apenas media tarde escribí una comedia sobre los fusilamientos del tres de mayo que causó sensación en el gremio. La presenté a varias agencias y los productores alabaron  mi capacidad de ignorar los escrúpulos, las incoherencias históricas y mi afán  perforador de sensibilidades, así que me encargaron, ya de manera profesional, un thriller erótico-festivo ambientado en la Roma antigua como primer encargo.

 Ha sido un error venir a Ámsterdam, me digo levantándome del suelo de la celda para desentumecer mis posaderas. Tal vez me gusta demasiado Tarantino. Pienso en él a  diario, y es que Quentin es uno de los tres hombres con los que siento un revoloteo homo sensual alrededor del ombligo al imaginarlo en bata de baño, junto con Salvador Dalí y Allen Iverson. Y claro, ante la dificultad que presenta escribir por encargo y la ausencia de musas revoloteando debido al insecticida con el que Ella envenenaba cada metro cúbico del piso, cogí un avión a Ámsterdam, la Meca de los guiones. Tarantino había viajado a ésta ciudad para escribir Pulp Fiction; alojado en el hotel Winston, entre cafés, tabaco y hamburguesas dibujó el más famoso y helicoide guion de la era moderna. Yo esperaba beneficiarme de algún remanente mágico, una bocanada de genialidad entre bocanadas de alguna otra sustancia para redondear mis esbozos de guion.

Así pues, con mi escrito en pañales, me dispuse a imbuirle al menos cierta adolescencia caminando por el barrio rojo, totalmente vacío en aquella madrugada; sin embargo por los canales no fluía inspiración, sino bocanadas frías, neblina y una llovizna descorazonadora. Acaricié la puerta del hotel Winston, me santigüé y volví cabizbajo a mi pensión en la plaza de Oude Kerk.

Frustrado, con la pluma en una mano y el puño cerrado de la otra, intenté escribir, pero solo algunos garabatos fálicos adornaron el papel. Necesitaba caer de lleno en aquella loca Roma, con mis patricios sexualmente confusos, las orgías en el triclínium o las aventuras de efebos mirones en las termas del senador. Recrear mi ficción para hacerla menos ficción. Diablos. Cogí el abrigo y me dirigí a una cafetería para meditar.

Mientras daba un sorbo a un cigarro y una calada a un café, el humo giraba en torno a mí, muy despacio. De pronto, el aire se condensó y cayó estrellándose contra mi cabeza. Pues claro. Aquello era el barrio rojo, un lugar lleno de actrices a sueldo, aunque su telón fuese una cortina y su escenario un catre maloliente.

Resuelto, fui a ver a las chicas de los faroles rojos y las almas negras. Caminé por un estrecho callejón de aire pesado y carmesí, donde se exhibían tras sus puertas de cristal lanzando besos transparentes al vidrio. Debía elegir con aplomo, me dije, respirando hondo. Sabía lo que buscaba. Mi cortesana romana sería aquella cariátide candente tras  el cristal del final de la calle, tan voluptuosa que le costaba guardar el equilibrio; los ojos eran azules como el infierno y la sonrisa me seducía con su cuarto creciente. La miré. Me miró. Sonrió y abrió la puerta.

Aunque tenía un acento demasiado gallego, se mostró muy interesada en participar en mi pequeña representación; como todas las lumias siempre hubiera querido ser actriz, tanto así que se le olvido hacerme precio, corrió la cortina y arrancó la sábana amarillenta para hacerse una toga. Animado, le entregué una copia del guion y comenzamos a representarlo dentro de su prostíbulo. Olvidamos el tiempo, tanto así que sus compañeras en las cabinas aledañas comenzaron a sospechar que algo impío estaba ocurriendo detrás de la cortina. Ningún cliente permanece más de veinte minutos, y menos lanzando gritos gongorinos, declaraciones de muerte y demás ripios dramáticos escritos por mi pluma, así que llamaron a la policía, asustadísimas.

Llegaron con sus uniformes azules, derribaron la puerta de cristal y nos descubrieron  representando la escena final, cuando el senador blande un báculo contra la prostituta maniatada. En vez de un báculo yo agarraba un consolador de los de mayor tamaño, y ella se encontraba atada con los cordones de mis zapatos sobre la alfombra. Me detuvieron en este calabozo a la espera de la resolución por un delito de abuso sexual. Podría haberme librado si la puta hubiera testificado, pero huyó saltando como un pato maniatado. Me ofrecieron hacer una llamada por si alguien podía pagar mi fianza, pero no  quiero hablar con Ella. Prefiero dormir en éste calabozo a pasar otra noche en el piso con mi abuela.

 

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