Relatos

Detective a la romana

  • ¿Se puede?
  • Adelante -dije encendiendo mi puro.- Siéntese.
  • Gracias, señor detective…

Antes de mirarla escuché los alaridos de su perfume avergonzando en intensidad el humo de mi habano. Levanté la vista y allí estaba, una vieja vestida con colores tan parcos que costaba distinguirla de la moqueta sobre la que entró a pasitos cortos.

  • Verá, es que tengo un…
  • ¡No tan rápido, señora! …-retiré los pies de la mesa para ganar algo de tiempo.-¿Cómo se llama?
  • Virtudes Es…-tosió con el humo-…cribano.
  • De acuerdo Doña Virtudes, tranquilícese. Estrujar más el bolso no la hará sentirse mejor.
  • Es que…nunca había requerido los servicios de un…
  • Ya.
  • Es mi marido, señor detective.
  • ¿El mismo que le regaló ese vestido?
  • Pues… sí- dijo Virtudes, levantando una de sus cejas pintadas.- ¿Cómo lo ha sabido?
  • Elemental, señora. Un vestido tres tallas más pequeño, de hace seis temporadas. Los lirios estampados ya no se llevan, sin embargo este no tiene más de dos lavados. Se ha vestido con él para impresionarme, no obstante le queda pequeño, pero como nunca antes se lo había puesto, pues no lo sabía. ¿Regalo de aniversario? No responda, sé que es así. Sólo hay un motivo por el cual un marido poco atento compra un vestido de saldo a su esposa. En realidad dos, y una de ellas es para tratar de hacer lucir un poco la esmeralda con la que se casó hace treinta años y que ahora parce un piedra pómez. La otra es para paliar el sentimiento de culpa después de una infidelidad. Y me temo que esa es la razón por la cual ocupa usted mi silla esta mañana…

Di otra calada mientras el humo se mezclaba con el orgullo de Virtudes, que se evaporaba por entre los claros de su cráneo, esperando la reacción que solía acompañar mi discurso. Por algo la llamaba “silla de los llantos”.

  • ¡Ayúdeme, señor detective!- dijo salpicándome la mesa con gotas negras.- ¡No lo aguanto más! ¡Necesito saber si mi marido me engaña!
  • Virtudes, ha venido usted a lugar indicado. Puede que su marido está siendo tentado, si es que no ha puesto ya las manos en un pan más tierno…Por fortuna para usted, ésta es mi especialidad.
  • ¿Entonces, me ayudará?
  • Solo si usted está dispuesta a todo, Virtudes.
  • Lo estoy.
  • De acuerdo, aquí están apuntados mis honorarios, y la tarifa por adelantado. ¿Le parece justo?
  • Pues…
  • ¡Perfecto! Firme aquí, y podré comenzar la investigación ahora mismo.

Con pulso vacilante, las uñas granate sostuvieron mi pluma y sellaron el acuerdo con algún lagrimón más arrugando el papel. Traté de no hacer ningún gesto en aquel momento. No sé cuánto vale la fidelidad, pero sé cuánto cuesta saber si existe. El ser humano, siempre temeroso ante comparaciones, siempre inferior a sus iguales. Siempre dispuesto a pagarme por engañarse un poco más.

  • Excelente, Virtudes. Ha hecho lo correcto. Creo que podemos comenzar. Ahora necesito que me informe sobre las actividades de su marido.
  • Pues…-se colocó la pelusa ocre por el cráneo y se abanicó.- Jacinto es peluquero en la barbería que hay al lado del tanatorio, ¿sabe?
  • Pero continúe.
  • Oh, es muy inteligente, vende el pelo sobrante al embalsamador para que deje a los difuntos peludos como en el día de su comunión…así pagamos la hipoteca del piso, ¿sabe? Y la universidad de mi hija la mayor…
  • Siga,
  • Mi Jacinto es muy habilidoso, sí…Con las manos. Construye figuritas con mondadientes, tengo la casa llena de torres Eiffel, arcos del triunfo…
  • ¿Y qué hay del dormitorio?
  • Oh, también, mondadientes por todas partes, la mesilla, el despertador…
  • Me refiero a su vida sexual, Virtudes.
  • Ah…bueno. Pues…normal…ya sabe. Ya no somos dos tortolitos… Aunque bien es cierto que después de la misa de los domingos a Jacinto siempre le estorban los pantalones, ¿sabe?, es como si ir a la iglesia le renovase el vigor, todo el cansancio de la semana desaparece… Con lo que a mí me gusta el aperitivo, siempre acabamos corriendo a casa para…bueno…
  • Sí.
  • Hace algunas semanas Jacinto, al salir de misa, pasea conmigo del brazo, tomamos un vermut en la plaza…y no es normal. Fue entonces cuando empecé a sospechar. Además, siempre encuentro pelos largos y rubios en su ropa, pero como es peluquero pues…Y también suele llegar más tarde del bingo, apestando a perfume de mujer y con carmín por todas partes… aunque si lo pienso bien, su amigo Ataúlfo regenta una perfumería, tal vez se han quedado hasta tarde ordenando los estantes y han jugado a travestirse un poco, a Jacinto le encanta, no sería la primera vez……Dígame, Detective, ¿me preocupo demasiado? Oh, tal vez sea una mala esposa, mi Jacinto nunca ha mirado a otra…
  • Señora, hace usted bien en sospechar.
  • ¿Usted cree?
  • De hecho, creo que podemos comenzar con la investigación.
  • ¿Ahora mismo?
  • Sí, no hay tiempo que perder.- extraje una botellita y una taza del cajón de mi mesa.- Quítese la dentadura, por favor.
  • ¿Perdone?
  • La dentadura, quítesela.
  • No comprendo…
  • Señora, es absolutamente crucial para la investigación que coopere y siga mis instrucciones. ¿Quiere ver resuelto el caso? Bien, quítese la dentadura. Si no, salga ahora mismo de mi despacho.
  • Yo…-hurgó con las uñas entre sus labios pastosos hasta que despegó la fila de dientes superior y la dejó en la mesa.- Ya eftá.
  • ¿Los de abajo son suyos?
  • Fí.
  • Ahora enjuáguese con éste colutorio.-señalé la botellita.- Puede escupir en la taza.

Virtudes, ya cansada de sorprenderse, obedeció con gestos temblorosos y miradas de reojo. Yo asentía aprobando sus gestos mientras apagaba el puro.

  • Excelente, virtudes. No, no diga nada, por favor.-me levanté, y caminé hacia ella.- Estamos muy cerca de comenzar la investigación. Muy cerca…

Me situé a su lado, cogiéndole la mano. Resultaba pesada debido a todos los anillos de piedras falsas. La miré a las lentillas con profundidad, me humedecí los labios y acerqué la cara.

  • Béseme, Virtudes.
  • ¿Fé?
  • Confíe en mí. Béseme. Es crucial.
  • Feñor fefectife, éfto ef fofalmenfe…
  • Virtudes.– le apoyé la mano en el cuello.- Salve su matrimonio.

Y me besó, claro, por su matrimonio. Me besó durante quince minutos, los que necesito para completar mi análisis. Al comienzo, sus labios torpes solo raspaban los míos dejándome heridas que tardarían días en curar. Tuve que emplear todas mis tretas para que Virtudes se relajara, a saber caricias en la sien, sentarla en mi regazo, una mano en la cintura, otra que subía por la falda…finalmente se desató y me besó como un bacalao comiéndose un polo de limón. Anoté con la mano derecha todos sus movimientos lenguaraces, mientras que con la izquierda palpaba los dos rosarios de carne que colgaban desde sus clavículas. “Fuerte succión de la punta de la lengua”, “Lametazos en los dientes”, “Movimiento de contra lengua”… Cuando hube reunido toda la información le di un cachete en las posaderas para que se levantara, me limpié el pintalabios y volví a encender el puro.

  • Virtudes, creo que… ejem…tengo datos suficientes.
  • Eftupendo…ferdón…¡Clac!…Estupendo…oh…Qué calor…¿Seguro que tiene bastante? Porque no me importa si…
  • Está bien así.- dije, aspirando tanto humo como me fue posible y volviendo a mi silla.- ¿Usted fuma?
  • No.
  • Mejor.-exhalé una bocanada hacia ella.- Escúcheme atentamente, Virtudes. Le voy a decir lo que tiene que hacer.
  • Apunto.– sacó una libretita y un lápiz mordisqueado.
  • Va usted a ir al cine dos veces a la semana, lo más tarde posible, en días alternativos.
  • ¿Perdón? Ah, ya, mejor no preguntar. Ir…al…cine. Apuntado.
  • No es todo. Cuando salga, va a fumarse dos cigarros, siempre de la misma marca.
  • Pero…yo no fumo…
  • Pues tendrá que aprender. Es lo que cuesta su matrimonio.
  • Dos…cigarros…
  • Eso es. Haga todo esto durante…veamos…tres semanas. En la tercera semana, cogerá este sobre que le entrego, lo abrirá y depositará el contenido en su buzón. ¿ha apuntado esto? Es muy importante.
  • Sí, lo tengo todo.
  • Si todo va bien, al cabo de tres semanas y media recibirá mi llamada con el caso resuelto, ¿de acuerdo?
  • Sí, señor detective. Muchas gracias por…oh…por la atención…
  • De nada, señora, a mandar.

Cuando la señora cerró la puerta, puse los pies en la mesa, escupí un trozo de pegamento fijador dental y leí mis notas. Sí. Un beso de vieja, no cabía duda. Un beso, al fin y al cabo. La mayor evidencia criminológica, y la más natural. Más aún que una huella. Más incluso que una nota de suicidio.

Nadie enseña a besar, aparte de lo que uno pueda practicar chupando la boca de una botella después de ir a ver James Bond al cine. El beso es un gesto genuino, totalmente auténtico y característico de la persona que lo emite. Bien, sacarse un moco también lo es, ¿por qué un beso resulta tan revelador entonces?

 Los besos cambian, evolucionan con las interacciones. Un beso se va podando y crece conforme a las propias experiencias sexuales. Además, el acto de besar es participativo: si no aportan ambas partes no es un beso, es un postre de verano. Al cabo del tiempo, el beso es una amalgama perfecta del estilo propio y los estilos de otras personas que conforman el corpus del beso tal cual como uno lo da y deja que se lo den. Cada nueva pareja trae modificaciones irremediables e involuntarias que dejan su traza para siempre. Un movimiento de cuello, un labio fruncido, un aleteo de lengua en la comisura…Todo queda grabado en la memoria oscular; un avezado besador como yo puede localizar las diferencias entre dos besos de dos personas que se han besado durante cierto tiempo y han sincronizado sus técnicas.

A los del cuerpo de policía mis habilidades les parecen estúpidas. Pero son efectivas. Llevo empleando la deducción del beso desde que tenía quince años, cuando mi amor de verano se marchó dos semanas a Galicia, mientras yo la despedía pizpireto en el andén, aun saboreando el beso que me había dejado flotando entre saliva y rojeces típicos de los besos primerizos. Y cuán fue mi sorpresa al encontrar en la boca de la dama una explosión de matices y nuevas aventuras cuando volvió de sus vacaciones.

Para mí fue como ir de viaje a algún recóndito lugar, nada familiar, todo hostil, burbujeante y explosivo. Y lleno de lengua, lengua por todas partes, lengua que ella detestaba al partir y ahora me regalaba a grandes dosis para besarme o contarme cómo se había aburrido sentada en la playa viendo a los chicos jugar a la botella mientras pensaba en mí. Todo ello acabó cuando descubrí una marca digna de la más agresiva de las lepras en su cuello con forma de boca joven o bocado de  tiburón tigre.

Aquella infidelidad marcó mi porvenir y no he podido sino ahondar en el saber que se abría inexplorado ente mí. Me doctoré en besos para conocer ese sagrado arte. Pero claro, hasta la más pura flor se marchita, y los más puros deseos y aspiraciones del alma humana, los más grandes anhelos de nobleza y justicia se ven alterados por los mohos de la codicia y la lujuria. Pronto apenas reconocía al hombre que me miraba desde el espejo, coleccionista insaciable de besos de todo tipo, color, sabor y olor. Mi foto apareció en los periódicos de la Costa Brava titulada como El Besador, alertando a la población contra mis labios lujuriosos.

Tras este desatino, solo me quedó reformarme. Me convertí en policía, llevé una vida ejemplar y fui casi feliz, al menos un tiempo, hasta que descubrí la utilidad policial de los besos. Eran la prueba definitiva. Inculpaban, tejían tramas, resolvían casos con tanta facilidad que mis superiores llegaron incluso a sospechar de mi meteórica ascensión a lo más alto de la jefatura. Decidieron espiarme, poniendo cámaras en las salas de interrogatorio donde yo desplegaba todo mi poder de seducción para besar a los inculpados y obtener información.

Mi fotografía besando con ternura a un atracador calvo, cogiéndole de los mofletes y levantando la pierna por detrás volvió a ser la comidilla de la costa Brava, provocando mi consiguiente despido. Resolví, finalmente, establecerme como detective privado en Aranda del Duero, lugar que elegí por la sonoridad de su título, y desde entonces me he labrado una reputación como especialista en casos de Lidia, es decir, de cornamentas, a veces insignificantes escarceos amorosos y otras veces estructuras óseas tan enormes que pinchan las nubes haciendo que nos muramos de sequía en Aranda. Y yo resuelvo todos gracias a los benditos besos y a los romanos libertinos que los inventaron, como ocurrió en este caso exactamente tres semanas y media después, cuando volvieron a llamar a mi despacho.

  • Adelante.
  • Hola…señor detective…buenos días…
  • Siéntese.
  • Gracias.
  • Usted dirá caballero.
  • Pues…verá…creo que mi señora se ve con otro hombre.
  • ¿Ah sí?- encendí mi puro.- Cuénteme.
  • Sí…desde hace algunas semanas llega tarde…dice que va al cine, lo cual me extraña mucho porque es completamente miope y no puede verse ni los párpados…y como no quiere ponerse gafas, se pone las lentillas de nuestra hija la mayor, aunque sigue sin ver un carajo.
  • Aham.
  • Además, vuelve apestando a humo, y ella no fuma, de hecho siempre me ha dicho que es alérgica al tabaco, especialmente de puro habano…como ese suyo que se está fumando.
  • Vaya,
  • Sí. Ocurre un par de veces a la semana, y yo no sé qué hacer… Como la pille con otro, le juro que…
  • Entiendo…don…
  • Jacinto.
  • Jacinto, naturalmente.- exhalé sonriendo.
  • Y claro, ayer encontré ésta publicidad suya en mi buzón y me dije…si quiero salir de dudas, es mejor contratar a un profesional, porque como la vea saliendo de un descapotable con algún pisaverdes, yo…
  • Éstos son mis honorarios.-dije, alcanzándole el contrato.
  • Haré lo que sea.- dijo firmando el papel sin leerlo, mirándome con intensidad.- Lo que sea. Solo de pensarlo me… me…la voy a…
  • Estupendo, esa es la determinación necesaria para resolver éste tipo de entuertos.- dije sonriendo mientras echaba mano al cajón de mi mesa.- Ahora, don Jacinto, si fuera tan amable de quitarse la dentadura…

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