Las aventuras de Billy Tongue

Billy (XI) El río Meouge

Con cada pedalada, Billy parecía atropellar un gato. La bici hacía un ruido infernal, casi lloraba pidiendo clemencia. Pero Billy frunció el ceño. Hoy iba a ser el día. Hoy conseguiría subir a la col. de st Jean, de una vez por todas. Carajo.

Lo llevaba intentando una semana, pero aquella montaña se asemejaba al infierno de Dante, con cada curva, una nueva tortura. Era ya más que una obsesión, era un clavo metido entre su pupila y su ojo (el madrugador), era la chincheta en su zapato, el pájaro carpintero que taladra el cuerno del rinoceronte.

Respiró hondo. Llevaba ya más de media cuesta ascendida. El paisaje, a ambos lados de la carreterita, parecía reírse de él. Tanta belleza observando tanto sufrimiento. Los campos de lavanda, como ríos púrpura, bajaban desde la carretera a las faldas de la montaña, como vistiéndola con sus mejores galas. Al otro lado, un ejército de pinos frondosos observaban en su formación impecable cómo las ruedas serpenteaban tortuosamente por el firme.

El silencio de la tarde, acallado aun más por el siseo imperioso del sol, se veía solo interrumpido por los jadeos de Billy, y por su tos, cuando se tragó una mosca que buscaba sombra en su boca abierta de par en par.

Se podría freír un huevo en los cuádriceps de Billy, ahora ardientes por el esfuerzo que le iba consumiendo. Los ácidos circulaban por sus venas haciendo de cada latido un pequeño incendio dentro de sus arterias, dentro de sus músculos que recibían órdenes de continuar, aun ante sus constantes quejas de rebelión.

Se puso de pie y pedaleó fuerte, para descansar algo sus posaderas. Un caracol lo adelantó derrapando. Billy pudo escuchar su risa mientras desaparecía entre los tallos verdes. Pero le daba igual. Iba a conseguirlo.

Solo quedaba la curva. Aquella curva que parecía torcerse hasta la misma entrada del cielo, aquella pared sin puerta que le separaba de la gloria. Los ojos de Billy relampaguearon, tan agresivamente, que se quemó un par de pestañas. Se frotó el ojo, y con un grito ahogado, tiró de riñones para subir, casi a golpe de remo, los diez últimos metros.

Seis, cuatro, tres, dos…Billy consiguió llegar arriba al tiempo que levantaba un brazo, sin aliento, en señal de victoria. Quiso gritar, pero solo un ruido parecido al de una batidora que se ahoga entre demasiado tomate le brotó de la garganta. Admiró el paisaje.

La verdad es que la carretera acababa en una cantera de caliza bastante fea. Billy contrariado, postergó su recompensa. Agarró de nuevo el manillar, y se dispuso a descender por la carretera sinuosa, hasta el río, y darse un buen baño, sin champán, pero como un campeón.

Se lanzó al descenso. El viento pronto le despeinó los pelos de la nariz, pero ya se acicalaría abajo. Qué sensación de velocidad. Adelantó al caracol, emitiendo una pedorreta de burla, y se inclinó para tomar bien las curvas que formaban parte del recorrido. Sacó la lengua para sentir cómo se le secaba, y luego se la volvió a meter en la boca, para notar el sabor salado.

Tardó bastante poco en deshacer lo subido, y cuando llegó abajo, tomó una senda secreta que conducía a su recodo favorito del río Meouge.

Ah, qué tranquilidad. El río, que apenas llegaba por la rodilla, discurría tranquilamente entre los tilos y sauces, que bajaban sus ramas para juguetear con la corriente.  Aquella cala era el refugio de Billy, y solía sentarse en un tronco a tocar la guitarra (no siempre, porque después, si lo hacía, podía llover). Metió los pies, disfrutando de cómo la capa de suciedad dejaba una estela negra, como una lágrima de rímel, por el río, luego las rodillas, a continuación (uy, qué fría), los testículos, y por último, finalmente, se sentó en el lecho del río, dejando que un escalofrío le saltara los empastes. Ah, qué regocijo. Sus músculos se relajaron, tanto, que Billy se tumbó en las piedras, dejando que la corriente le meciera, y le recorriera el cuerpo. Cualquiera que pasase por allí diría que parecía un cadáver tirado en el río, y en verdad lo era, pues estaba dormido, muerto de gusto. Tanto era así, que subestimó la fuerza de la corriente.

Los dedos acuáticos del Meouge, muy sutilmente, se introdujeron entre su pantalón y su piel, bajando muy despacio la prenda, que finalmente se desprendió de su cuerpo, dejando a Billy desnudo de cintura para abajo, flotando en el río con cara de felicidad, con su pendón al viento, mecido por el agua.

No satisfecho, el río, en un alarde de maldad, incrementó su caudal un pelín, lo suficiente como para que Billy se fuera flotando, dulcemente, rio abajo, sumido en su más plácido sueño. El viaje de Billy como tronco a la deriva no duró mucho. Pronto se encalló en un saliente, dándose un ramazo en la cabeza. Confuso, se incorporó.

Lo primero que llamó la atención de Billy, fue su desnudez, a la cual no dio demasiada importancia. Saludó a su miembro como hacía cada vez que se miraban a los ojos, con una inclinación de cabeza, y continuó preguntándose cosas.

Lo segundo que Billy se preguntó es dónde estaba. Se giró cautelosamente.

En la otra margen del río, había un cartel. ‘’Camping la lavande Bleue’’. Y tras el cartel, tres alemanes haciendo una parrilla, que ahora lo miraban riéndose a carcajadas de su pito arrugado.

 

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