Las aventuras de Billy Tongue

Billy (VII) Pedaladas

Billy se despertó sobresaltado, se frotó los ojos y miró alrededor.

Bien, se dijo. Estaba en la caravana, aquella olla a presión que le hervía a fuego lento a la hora de la siesta, con las moscas que se colaban por el ventanuco sirviendo de sazón. Despegó la espalda empapada del suelo (pues se había caído del futón en algún momento de su travesía onírica) y respiró cinco veces muy lentamente.

Bien, se repitió, cuando la calma volvía a su cuerpo. Tenía los pantalones puestos. Todo aquel acontecimiento del río que le desnudaba, de la bici, del caracol motorista y de los alemanes voyeurs había sido solo una diablura de su subconsciente. Sin embargo, no estaba satisfecho.

Había algo, punzándole desde dentro. Algo que pedía ser extirpado, pero no con bisturí, sino, con perdón, cojones. Y para cojones meloneros, los de Billy Tongue aquella tarde. Le palpitaban como si fuesen larvas de saltamontes alienígenas.

Billy se tocó la entrepierna, para comprobar el tamaño de sus gónadas, pero seguían tan cirueleras como siempre estaban con aquellas condiciones, a treinta y cinco grados y una atmósfera de presión. No, no eran aquellos cojones los que le gritaban al oído desde dentro. Eran unos cojones que cuelgan en algún sitio entre el corazón y el ombligo, y de los que Billy no sabía un maldito carajo.

 Si el corazón simboliza el amor hacia otra persona (aunque en realidad simboliza una mujer agachada enseñando las posaderas), los cojones que sentía Billy eran los del amor propio. Billy nunca se había percatado de su existencia, porque nunca se habían manifestado de tal manera, como dos melocotones de Charlie inflándose de alguna sustancia parecida al valor, pero diluida con pequeñas dosis de angustia existencial.

Rápido como un verano divertido, Billy agarró la bici, pellizcándose un párpado para comprobar que esta vez sí que estaba despierto, y arrancó con decisión dispuesto a subir a la col de st Jean, ahora sí, de verdad. Que la vida no es sueño; los sueños, sueños son.

Llevaba una semana tratando de hacer cumbre. Pero se le resistía como el estropajo de lavar los platos, parecía superior a él. Era otra derrota. Otra más. Y ya iban…había perdido la cuenta.

Billy sentía que algo, sutil como el éter, pesado como el plomo y tóxico como la envidia, se vertía sobre sus hombros, hundiéndolo en el suelo cada día un poco más. ¿Culpa? No lo sabía. ¿Remordimientos? Puede, pero tenía otro sabor.  El caso es que Billy llevaba tiempo sin plantearse un reto, algo que pusiese a prueba su cuerpo, porque no se sentía fuerte para nada. Y aquella tarde, sus cojones internos bombeaban keroseno más puro que el de los depósitos de Baikonur, directo a sus músculos.

Billy sentía esa fuerza. No apartaba los ojos de la carretera, que se estrechaba, ni para admirar el paisaje. Como dos pistones ajados, pero fabricados a mano, sus piernas se batían en un duelo por ver cuál desfallecía antes. No pensaba. No recibía señales de dolor, había cortado los cables y no llegaban telegramas del resto de su cuerpo informando. Simplemente miraba la montaña, las curvas, que pasaban.

Llegó al punto donde siempre ponía el pie, apretó los dientes y rebuznó con rabia. Se levantó de la bici y continuó. Metro a metro. Le daba igual. Iba a seguir hasta que el cielo cayese sobre su cabeza. O hasta que se cayese él de la bici, de pura extenuación.

Curiosamente, al franquear la piedra donde siempre se paraba, el camino parecía más sencillo. ¿Sería la carretera más fácil, o los ojos de Billy, que la veían menos empinada ahora? ¿Cambiaba el mundo o cambiaba él, y con él, el mundo? Cada vez con más fuerza, recorrió los últimos kilómetros sumido en un trance caníbal, con una cadencia más poderosa y precisa que la de un reloj atómico, sintiendo cada célula de sus piernas trabajar para él. Se preguntó cuánta parte de sí, de su yo, eran sus piernas. No respiraba, se bebía el aire cargado de la vibración de la montaña, fresco y natural, que temblaba a sus pies, ahora temiendo expectante.

Con los últimos metros, alzó la mano y gritó a la cumbre, que vencida, se hacía pequeña y vulnerable. Levantó los ojos, que estaban pegados al asfalto, y todos los Alpes le saludaron, como una hilera de jueces titanes que ahora se mostraban ante él, reverenciando su victoria contra sí mismo.

Hacía mucho, muchísimo tiempo que Billy no estaba orgulloso de sí. Ni siquiera de su cuerpo. Aquel cuerpo que con paciencia de ebanista había tallado, cuidado, esculpido; aquel que le había definido tiempo atrás, y del que apenas quedaban resquicios. Billy sabía que era un error dejarse definir por el cuerpo, por la capacidad física, porque toda uva se convierte en pasa, y cae de la cepa, como todas las demás, por muy grande y brillante que haya sido en su juventud. Lo que Billy no sabía, es que se puede hacer sufrir al cuerpo, para conseguir un objetivo de la mente. Una pequeña victoria. Pero hasta el copo de nieve más pequeño, puede desencadenar el alud definitivo, terrible y jubiloso, como un cuerpo que explota del gozo de la vida.

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