Relatos

Familia

Mi abuelo era un tío muy divertido y elegante, y me alegré mucho cuando se murió. Lo visitaba a las cuatro y media en su cama del hospital, porque a esa hora todos se iban a la cafetería a ver la fórmula uno, y los dos podíamos confabularnos a gusto.

 Ya llevábamos tramando un tiempo aquel testamento que él había escrito como una comedia en tres actos y que tuvimos que representar ayer en la oficina del notario. Allí estaba mi madre, mi padre, mis tías, algunos vecinos de la casa del pueblo, compañeros de trabajo y el ministro de agricultura, amigo íntimo. En el testamento había especificado, con dos trazos de pluma negra subrayada, la necesidad imperativa de las pelucas y bigotes postizos. El muy cabrón dio a los hombres papeles femeninos y viceversa, salvo a mí, que no aparecí en la obra hasta el final, vestido de pretoriano; el abuelo bien sabía que me gustan los romanos.

Toda aquella ceremonia sirvió para distribuir las ridículas quinientas pesetas que el abuelo guardaba en un calcetín, y el piso en la plaza del Conde Bobadilla, codiciado por todos. Pero el abuelo no iba a ceder su reino a cualquiera. Había dejado escrita una premisa clara y simple para la herencia del piso: seria para el que supiera por qué lo compró en la plaza de Conde de Bobadilla.

Era un piso estupendo, con vistas a la fuente de la plaza, algo ruidoso si había tráfico y caluroso porque estaba en la última planta, bastante frío en invierno y con algunas goteras, pero los estucos, esmaltes y filigranas de yeso que colgaban del techo y se asomaban de las esquinas como reptiles amazónicos no tenían precio. Todo el suelo estaba alfombrado al modo persa, pero la casa era bien conocida por el armario que la dominaba, allí en la entrada, como un guardia pompeyano legado por el abuelo. El armario llevaba cerrado ni se sabe cuanto, y la llavecita estaba sobre la mesa del notario, brillando bajo los ojos codiciosos de todos los que estábamos allí.

El notario preguntó, y nadie supo dar con la respuesta, salvo yo. El abuelo me la había dicho al oído en su último día, disimulando una carcajada con una tos. Me aclaré la garganta y lo solté, mirando uno a uno a los buitres que graznaban en aquel despacho. Mi abuelo compró el piso, dije, porque le hacía gracia vivir en la plaza del Conde Bobadilla, heredero del título de Conde de Puñonrostro. El abuelo debía estar meándose de la risa allí arriba, y seguro que la meada estaba cayendo sobre los coches de los asistentes.

Yo creo que mi abuela se había muerto hacía ya tiempo para no vivir más en aquel piso que detestaba con toda su alma. No solo el abuelo se apoderó del armario desde antes que ella pusiera un pie en la madera crujiente, tampoco le gustaba tener que colgar sus sombreros de la lámpara, ni las alfombras que la ocupaban todo el verano en su limpieza, ni los retratos de desconocidos que el abuelo se encontraba y colgaba por toda la casa, y luego ella tapaba con paños de colores. No, lo que a mi abuela más le dolía en el alma era la ubicación ridícula del piso, al sureste, no muy lejos del centro ni del río, pero sí lejos de la catedral. Y menuda putada tener que andar todos los días tres kilómetros a las seis y media de la mañana para ir a misa. El abuelo se defendía diciendo que eso le hacía tener unas bonitas piernas, y no mentía, mi abuela tuvo un tipín hasta el mismísimo día que descubrió que la dentadura le daba alergia, se le inflaron las encías y la lengua y ahí se quedó. Una pena.

 

5 comentarios sobre “Familia

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