Las aventuras de Billy Tongue (La Ciudad de la Furia)

Billy (X) Zuzú menstrúa

Zuzú se quitó el delantal azul, salió de la cocina arrastrando los pies, y se metió en su caravana, totalmente rendida. Se dejó caer sobre el colchón, y cerró los ojos. Había sido un día muy largo, muchos clientes y mucho calor. La ensalada que se había comido hace doce horas había desaparecido en su interior hacía ya bastantes vueltas de manecilla. Tal vez debió haber comido algo más, se dijo. Pero es que el ser vegetariana conlleva sacrificios. Además, así rebajo caderas, terminó pensado. Y con una imagen suya metiéndose en los vaqueros heredados de su prima que nunca se pudo poner, se montó en la barca que lleva a la orilla de los sueños.

Sin embargo, la embarcación pronto dio la vuelta para devolver a Zuzú a la orilla de la realidad. Dos flechas erradas, dos saetas perdidas que Marte le lanzaba a Venus habían impactado sobre ella, haciéndola estremecerse de dolor. El ciclo de la vida, ahora ciclón dentro de ella, le quemaba por dentro como dos explosiones termonucleares. Le dolían los ovarios. Los dos. No uno solo, como es normal que suceda. No, ambos se habían revelado, en la menstruación más dolorosa que se pueda imaginar.

Se escurrió de la cama hasta la puerta de la caravana, y pensó entre sollozos qué podía hacer. Carlo y Elise estaban de compras en Laragne, Lúc se había ido hacía rato y hoy libraban las camareras…

Un estremecimiento recorrió su espalda. Sólo quedaba él. Billy. No había más remedio.

Agarrándose a los arbustos cruzó el prado que separaba la casa de la caravana de Billy. Conforme se acercaba, el olor a pies ya marcaba el territorio. Tuvo que golpear la puerta con ambas manos para que Billy la escuchase, pues estaba cantando a grito pelado con su guitarra alaridos incomprensibles que cortarían la digestión a una cabra. La puerta se abrió, dejando huir a una peste infernal que marchitó la flor decorativa que Zuzú llevaba en el pelo. Ella cerró los ojos para soportarlo, y cuando los abrió, la cara de Billy emergió por el resquicio abierto.

  • ¡Hombre! Zuzú, ¿Qué haces tú por aquí?

Zuzú, que no hablaba español, se señaló el vientre haciendo un gesto de dolor.

  • ¿Tienes hambre? Si ya te dije que con cuatro hojas de lechuga no se llena el tanque, ven, que te voy a hacer una tortilla de las de tres pisos.

Zuzú negó, y se señaló, haciendo hincapié en el gesto de dolor, intentando no desmayarse.

  • Chica, yo no te entiendo, si no comes carne no vengas a quejarte de que te quedas con hambre. Yo te ofrezco tortilla y tú me…

Zuzú no pudo más, agarró a Billy de la camiseta y lo llevó a dentro de la casa. Una vez allí, cogió un boli con su mano temblorosa, y trató de pintar unos ovarios.

  • ¿Huevos fritos? ¿Qué son eso, chistorras? Yo no entiendo qué clase de vegetariana…

Zuzú borró el dibujo. Tres años en la escuela de diseño tendrían que servir para algo, aunque con aquel dolor lacerante que la apuñalaba en su vientre, apenas podía sujetar el boli. Esta vez dibujó una mujer, y trazó una flecha hacia lo que era el foco de su dolor.

  • Vale, no sé si es así como os insinuáis en Eslovaquia, pero no, gracias, no vamos a…

Mala idea, Zuzú. La cabeza de aquella persona, Billy, definitivamente no daba para más. ¿Qué podía hacer? Ya no se le ocurrían más cosas para hacerse entender…salvo…no, sería demasiado complicado, pero era la última bala…

  • ¿Qué pone ahí? ¿Doctor? ¿Estás mala? ¿Es eso?- Ella asintió, en parte aliviada y exasperada.- Joder, ¡Haberlo dicho antes! Y tú pidiéndome tortilla…nada, no seas glotona, nos vamos a Cederon, al médico inmediatamente.

Carlo se había llevado el coche, así que solo quedaba el triciclo-furgoneta que usaban para tirar la basura. Billy se montó en la sillita del conductor, y Zuzú se encajó como pudo entre dos cajas de zanahorias. Un par de tirones, y el vehículo gruño arrancando despacio, chirriando en una súplica por romperse de una  vez, para no trabajar más.

  • Vamos a ir por la montaña, que se llega antes, ¡Agárrate a las zanahorias!

Billy aceleró hasta alcanzar la vertiginosa velocidad de veintisete kilómetros por hora, y torció por un desvío sospechoso. Zuzú entrevió la maniobra, y trató en vano de disuadir al conductor de tomar aquella ruta.

  • Oye, tronca, estáte calladita, al que conduce no se le deben tocar los huevos. Necesito concentración ahora, que empieza la subida al puerto. Tú ponte la mano en…bueno, no sé, muerde una cebolla o lo que sea…

La carretera pronto se hizo estrecha, cuarteada, y empinada. Las rocas que la circundaban no recordaban a un vehículo atravesar aquel páramo en años, pero Billy estaba convencido.

  • Ajá! Sí, reconozco esa rama, por aquí estuve el otro día cogiendo espárragos…no espera, esa era la rama…no, esa, sí definitivamente…Bueno…no lo sé…- Billy paró el triciclo, miró en derredor, y asumió la derrota.- Zuzú, creo que nos hemos perdido…

Zuzú se tapó la cara con las manos, y en un impulso violento, fue a dar una colleja gigantesca a Billy, cuando apareció por un recodo Laurent, con su tractor, tan provicencial como la lluvia de mayo que riega los campos eslovacos. Estaba salvada.

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