Las aventuras de Billy Tongue (La Ciudad de la Furia)

Billy (VIII) Despertar

Cuando Billy sintió hambre, se incorporó trabajosamente en su cama, alargó el brazo huesudo hasta la cómoda (que no debía estarlo mucho, debido a la miríada de ropa y objetos que se acumulaban encima), tratando de hallar su reloj. Las ocho menos cinco.

Despegó su otra mano de su espalda, donde la cama la había mantenido en una llave marcial extraña durante su siesta, y maldijo. La tienda cerraba a las ocho, y estaba a varias calles de distancia. Pero era ahora o nunca, se dijo, si cerraba, mañana domingo no podría comprar. Y Billy no podía vivir únicamente de los brotes de yerbajos que se criaban salvajemente en su alféizar. Además, las palomas también se servían de aquel yacimiento, y Billy temía que acabaran esquilmándolo en un par de semanas. Siempre le quedaría la cera de sus orejas, cierto, pero a él le gustaba acompañarla con yogur de melocotón. Así que no quedaba más remedio que ir a comprar.

Se puso las chanclas, su pantalón corto que le rozaba el escroto como un violinista demoníaco, y su sudadera ajada de alguna competición, que hacía sentir a Billy fuerte por un segundo, y sucio por dos, y cruzó el umbral.

En la calle hacía frío. Conforme caminaba, Billy podía escuchar los ecos de todos sus pensamientos, batiendo contra las paredes de su granítico cerebro, rebotando por todas partes rítmicamente al son de sus chancletazos. Apretó los puños dentro de la sudadera. Se preguntaba si no conocía las respuestas, o si estaba haciéndose las preguntas equivocadas. O si en aquel juego de la vida, era más importante lo que ocurría fuera de la cabeza que dentro. Billy no podía saberlo, porque solo era consciente de la realidad a través de la interpretación que su cerebro de nuez hacía de ella. Y se enfrentaba a ella con las conclusiones que surgían de aquella información. Su propia cabeza le traicionaba. Estaba condenado a elegir. Condenado a ser libre. Condenado a vivir con la cabeza en el futuro y los pies en el presente. Ya sentía su ombligo dilatarse, al ir su cabeza por un lado y sus pies por otro, casi podía meterse un puño en él.

Al llegar a la puerta del súper mercado sintió alivio por dejar de pensar, tomó aire y cogió impulso para enfrentarse a todos esos humanos de allí dentro. Un par de pasos atrás y…Billy estalló su cabeza contra las puertas correderas, que no se habían corrido automáticamente.

Cayendo al suelo y entre balbuceos de su lengua mordida por el impacto, Billy apreció que el lugar ya había cerrado. Magnífica noticia, se dijo, al tiempo que se asía torpemente a una farola para volver a ponerse en pie. Una semana más de yerbajos mezclados con pelusas del ombligo para cenar.

Cuando se disponía a volver, el cielo se quebró, con un quejido digno del dios de los vientos, que se había pillado el cimbel al subirse la cremallera. Toda la furia de las nubes negras que habían bailado alrededor de la cabeza de Billy descargaron un aguacero sobre la ciudad, empapando por completo al muchacho, que corría despavorido por la calle. Billy perdió una chancla al meter la pierna hasta la rodilla en un charco, pero siguió corriendo porque temía que tanta agua sobre su cabeza le destiñese el pelo. Y Billy no quería ser rubio, porque según él, sería demasiado guapo.

Mientras se dirigía a casa a toda prisa, Billy sintió ganas de llorar. Pero no podía. Lo intentó una vez más, pero de tanto esfuerzo se le escapó una ventosidad. Y se dijo, qué diablos, para qué llorar cuando está lloviendo. No convenía malgastar lágrimas con las que podía aliñar su ensalada de hierbajos después.

Finalmente, Billy llegó a casa, tan mojado que deseó ser una mujer, para, al menos, estar también caliente. Pero como no lo era, su mano temblaba de frío cuando la metió en el bolsillo buscando las llaves. Entonces, su mano se topó con el colgante de madera que siempre llevaba consigo. Y Billy sonrió.

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