Las aventuras de Billy Tongue (La Ciudad de la Furia)

Billy (VI) Desastre

Cuando Billy entró al almacén, cogió aire.

Era una habitación pequeña, pero tan atestada de objetos que a veces necesitaba mentalizarse para cruzarla. Al fin se aventuró a avanzar, con toda la cautela del mundo. Un bosque de cajas apiladas en equilibrios imposibles, de herramientas esperando como hienas un movimiento en falso para taladrar un pie descuidado, abarrotaba la estancia. Y Billy no quería un agujero en un pie. Bastante tenía con su agujero en la boca, aquel diente víctima de un secuestro que le privó de la visita del ratoncito Pérez, y cuya ausencia acusaba cuando quería silbar fuerte. No, se dijo, no más agujeros en mi cuerpo. Y menos en un pie, carajo. A Billy le gustaban sus pies, tan lejos de la cabeza, tan obedientes y retorcidamente feos.

Casi a tientas, se movió como un fantasma por el intrincado laberinto herrado del almacén, localizando finalmente la bici, su objetivo principal. Una bici cochambrosa, roja de herrumbre, para un jinete poco exigente. Y es que Billi montaría cualquier cosa con ruedas y manillar. Debía ser duro para las bicis, el nunca sentirse especiales para él. ‘’Te gustan todas’’ le decían. Y él, levantando una ceja como quien arroja un dado en Montecarlo, sonreía por respuesta.

Consiguió agarrar el manillar en un movimiento propio de un primate gimnasta, y se dispuso a levantar la rueda delantera, con el objetivo de iniciar la maniobra de salida. Pero entonces, justo entonces, su vista serpenteó por la pared de cemento, y se fue a centrar en un calendario mal colgado que pendía de un cable de acero. Y en aquel calendario, había un tractor. Y sobre el tractor, unos pantalones cortos. Y dentro de aquella minúscula traza de ropa vaquera, una escandinava sonriente, que saludaba con una mano, y con la otra dejaba caer estúpidamente jabón de una esponja sobre sus pechos, tan borrachos de silicona que emitían una luz azulada. Hay quien dice que los pechos de las mujeres son eróticos para los hombres porque recuerdan al trasero. Pues bien, aquel par de melones de Vinalopó recordaban a un culo digno de reservar dos asientos en un avión. Y en primera clase.

Billy quedó en shock por unos instantes. Su mente se paró, su párpado derecho aleteó, le goteó un poco de sangre por la nariz, y le tembló la rodilla izquierda. Ggolpeado por tan exuberante fotografía, se tambaleó y cayó hacia atrás, consiguiendo asirse del alambre del calendario en el último momento. Su cuerpo pendía a dos milímetros de una pila monstruosa de revistas de coches que llegaba hasta el techo, y casi milagrosamente se seguía teniendo en pie, a pesar del resbalón. Billy respiró. Un movimiento en falso, y la pila de revistas iniciaría una reacción en cadena que provocaría  la extinción dentro de aquel cuartucho. Casi sabiéndose a salvo, se permitió bufar al tiempo que pensaba ‘’já, por qué poco’’. Pero el universo aún no había dicho su última palabra.

Como la mariposa del loto que vuela en Saigón, provocando con su aleteo un tornado en Guadalajara (México), como la molécula de agua que rompe la tensión superficial de una pompa de jabón, como el último copo de nieve que hace derrumbarse un techo, una erección se apoderó del miembro de Billy, inflándolo de malas intenciones. Billy, colgado del alambre, lo sentía crecer, y con pavor trató de frenar la catástrofe.

Piensa Billy, se dijo. Abuela desnuda, cajas vacías, integrales triples, pies mojados…pero nada funcionaba. Su pantalón corto ya se abultaba, y no podía girar su cuerpo. No podía evitar lo que acabó ocurriendo, en una jugarreta del destino.

Finalmente, la punta de su pequeño trabuco rozó sensiblemente la pila de revistas. Billy rezó, rezó en el silencio, en aquel segundo de incertidumbre que precedió al desastre.

Todas las revistas se cayeron, tiraron la montaña de cajas siguiente, ésta empujó la estantería de los taladros que a su vez, desestabilizó los cubos de pintura vacíos. Todo se fue, efectivamente, al carajo. Un vórtice de entropía se comió la habitación con un estruendo asombroso, dejando todo el garaje totalmente sumido en el caos.

Cuando la nube de polvo y productos para el césped se disipó, Billy abrió los ojos, con cautela. No quedaba nada en pie, nada en su sitio, salvo el alambre del que pendían él y el calendario de la eslava pechugona. Y como si fuera un guiño del destino, su miembro se desinfló, al tiempo que el alambre cedió del techo, dejando a Billy sentado en el suelo, con el calendario encima de la cabeza, odiándose por existir.

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