Las aventuras de Billy Tongue (La Ciudad de la Furia)

Billy (V) En el bar

Billy desmontó de la bici y la dejó yaciendo en el prado. Tenía las piernas hinchadas, y caminaba como un cowboy sudoroso.

Abrió la puerta de la cocina con un golpe de cadera, y se sirvió medio litro de agua, con un poquito de concentrado de melocotón, como los hombres valientes. Notó cómo le raspaba por la garganta al beberlo, y se sintió mejor. Sin parar de caminar pesadamente, salió de la cocina y arribó a la terraza, donde tomó asiento a la sombra del toldo.

La tarde era de un calor desértico. Un poco de aire, cálido como el aliento del demonio, movía el toldo, y a veces dejaba pasar el sol, que apuñalaba las pupilas de Billy, y le hacía adoptar una mueca pintoresca, con un ojo cerrado y una media sonrisa limonera, propia de Clint Eastwood catando vinagre de Módena.

En la terraza del bar  había sombras en las esquinas, sombras que se refugiaban del sol, aquel sol que dibujaba sombras terriblemente oscuras de lo brillante que era. Y al cobijo de las sombras, había personas, hablando en voz baja, para no despertar de la siesta al patrón, que dormía en una hamaca tapándose la cara con un sombrero de paja.

Billy cogió un palillo, se lo metió en la boca, como haciéndole un favor para rescatarlo del calor del palillero, y se fijó primero en el hombre sentado en la barra. Metro ochenta, entrado en los cincuenta, con una boina vieja, vestido con ropas sufridas, agarraba un vaso de cerveza con una mano, y la otra agarrando algo en el bolsillo, mientras se sentaba de lado en el taburete.

Billy sonrió. En su turbulenta cabeza, los engranajes comenzaron a trabajar. Era un agricultor, lo sabía por la ropa llena de paja, y por cómo sujetaba el vaso con la mano izquierda, a pesar de ser diestro (porque había pagado con la derecha). Había trabajado con la guadaña, de ahí el dolor en la derecha, y su postura torcida en el taburete hacia la izquierda, sin embargo, no parecía que fuese su primera vez. ¿Entonces, cómo era posible que alguien experimentado tuviese aquellos síntomas de principiante? Pero enseguida, Billy comprendió, al ver al extraño taparse la boca al bostezar, y subírsele la manga de la chaqueta. El color de la piel se tornaba rojizo en las manos, pero blanquecino en el resto del cuerpo. Claro. Era un temporero del norte, que había bajado a cosechar al sur. De ahí sus dolencias, llevaba meses sin trabajar, hasta hoy, o ayer. Billy se acercó un poco para ver mejor. Sí. Se había quedado viudo hacia poco, por las mellas de su anillo de oro, que demostraban intentos vamos de quitárselo del dedo para venderlo, y por el pañuelo rojo que asomaba de su bolsillo, al que acariciaba de vez en cuando. Billy sabía que era una muerte reciente, porque el pañuelo debía conservar el perfume de la señora, de ahí que el extraño se oliera la mano cada vez que tocaba el pañuelo.

Satisfecho con su examen, Billy dirigió su atención a los tres hombres de la esquina. Interesantes, pensó. Los tres flacos, morenos y encorvados, con caras afiladas y llenas de arrugas entorno a los ojos. Fibrosos. Italianos, pensó Billy al instante, al observar un ademán de uno de ellos. Y con dinero, a juzgar por sus relojes que deslumbraban al mismísimo sol. Ciclistas, concluyó Billy, observando las marcas del sol en sus frentes, las gafas de sol deportivas de colores chillones que no armonizaban con sus rostros, y los andares, cuando uno se levantó para ir al servicio. Ciclistas, seguro. La manera de apoyar los en la mesa los delataba, utilizando los cantos de las manos, llenas de callos de agarrar el manillar. Sabía que eran ciclistas porque olían a ciclista. Porque se reían como ciclistas. Se movían como ciclistas. Bebían como ciclistas. Lo sabía, seguro, por todo eso. Billy era un gran observador, y se congratulaba de ello. Sabía que esos tíos le daban a los pedales. Y también lo sabía por las bicis apoyadas en la pared, los maillots del club ciclista ‘’Il Cativo de la Toscana’’ y  los cascos rojos encima de la mesa.

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