Las aventuras de Billy Tongue

Billy (IV) Lo que comen los cerdos

Billy entró en el bar. Estaba completamente atestado aquel viernes, se notaba que la gente necesitaba salir a estirar los ojos, como los caracoles. Mucho trabajo y mucha lluvia, el caldo de cultivo perfecto para una pulmonía, o para una noche de éxtio. Pensaba Billy.

Se había encnontrado solo últimamente, así que decidió salir a ver si hacía algún amigo, acabando en aquella sala estrepitosa, donde apenas se veía entre el humo y el olor a sobaco, que como una pesada cortina, petrificaban el ambiente. Como un faro, escudriño la sala en busca de algún corrito de amigos inocentes. Billy escogió su objetivo, se acercó a la barra, apoyó un codo, y sonrió tanto que le dolieron las orejas. El grupo de personas que había a su lado se giraron hacia él, de manera espectante (y puede que temerosa):

-¡Hola! Me llamo Billy, Billy tongue. Lo de Billy es por mi padre, y lo de Tongue…os lo cuento en la segunda cita, ¿eh?.- billy esperó una reacción, pero uno de los muchachos que le miraban hizo crugir los nudillos.- está bien. En la tercera

– ¿Quieres algo?- farfulló el de los nudillos crujientes.- ¿O solo quieres tocar los cojones?

– Oye tío. Creo que no sabes con quién estás tratando.- Billy se volvió hacia la barra por encima del hombro.- Camarero, una shandy con limón. Bien, como iba diciendo, veo que no habéis oído hablar de mí…

– Un momento.- el chico de la camisa verde se adelantó con ademán pensativo.- Billy…me suena…¿No eres tú aquél idiota del bar francés, que se perdió por el campo con un tractor?

-Yo…

– ´¡Sí, es el!- el de los nudillos blandió su móvil con internet- ¡Mirad!

Los cuatro tíos comenzaron a carcajearse como carracas, y Billy se encendió.

.-Sí, era yo. Y ya veo que me conocéis. Temedme.

-¿Por qué?-dijo el camisa-verde.- no hay tractores por aquí con los que nos puedas atropellar.

Una nueva oleada de burlas sepultaron a Billy, pero él nadó y se sobrepuso a ellas. Con su sonrisa más pícara (la que le escondía todos los agujeros de los dientes), Billy respondió:

– Veo que no conocéis la historia del gitano que escuchaba el mar…

– ¿Qué?-dijo el de la camisa roja, que hasta entonces se había dedicado a abrir la boca y aplaudir a sus compañeros.- ¿Qué es eso?

– Me alegro de que lo preguntes. Escuchad.- Billy movió las manos de manera que atrajo la atención, se subió a la barra, y gritó.- ¡Escuchadme todos!- el bar al completo se silención preso de la sorpresa.- Eso es. Gracias. Éstos mequetrefes de aquí no conocen la historia del gitano ue escuchaba el mar…así que voy a contarla, para que todos podáis conocerla, y queráis mi amistad incindicional.- alguien bufó entre el público. – así es. Aquí va:

´´Corría el año 98, un gran año aquel. Sabía que lo sería desde el mismísimo primer día de enero, porque me había comido todas mis uvas, y las de mi abuela, que no tiene dientes en nochevieja. Veinticuatro uvas, sí. Me enfrenté a aquel año sabiendo que cualquier empres que yo desempeñase estaría bendecida por el signo de la suerte…ah amigos, qué gran año aquel…También fué el primer año en el que conseguí bajarme todo el prepucio, y en el que probé a lavarme los dientes por primera (y penúltima) vez. Pero no voy a contaros mi vida. Eso me lo pediréis después. Voy a contaros cómo gané honor, dicha y un nombre inmortal que perduró hasta hoy, después de mi mayor gesta. Así es.

Yo vivía en un pueblecito pequeño, al lado del Manzanares, un pueblecito de gente sencilla, que trabajaba en el vertedero municipal, donde toda la región vertía su basura. Grandes tiempos aquellos. Eramos los mayores almacenadores de basura, nadie competía con nosotros en el tratamiento de resíduos, ningún pueblo olía tan mal como el nuestro. Podrido hedor a victoria y prosperidad. Hasta que llegaron ellos. Los gitanos. Con gran fanfarria, y sin pedir permiso, se adueñaron de toda la montaña de escombros inorgánicos, así como el vertedero de resíduos químicos y la planta de tratamiento de agua fecal…convirtiéndolo todo el una enorme chatarrería, una orgía de metal, dientes de oro, coplas baratas, peleas de perros…Nada volvió a ser igual. Los pueblerinos, hartos, tratamos de hablar con el patriarca. Pero esto resultó una idea pésima. El gitano en jefe, no era un viejo chocho al que camelar con un seguro dental. Era un esperpento, con el pelo largo y negro, como una cascada de alquitrán que le caía por la cintura, donde se lo cogía un un cinturón lleno de avalorios de oro y plata. Le gustaba deslumbrar los ojos de la gente con sus pendientes, y hacer entrechocar sus palmas para que sus anillos soltasen chispas. Era el hobre más terrible y despiadado, solo diré que se sacaba los paluegos con la punta de su enorme navaja de siete muelles, que guardaba mientras se oxidaba en su prieto refajo, esperando el día de poder abrirse hueco entre la carne de algún rival. Su nombre era Margarito.

¿Y qué tiene todo esto que ver conmigo? os preguntaréis. Pues todo. largos años vivimos bajo el temor de margarito y sus secuaces, sin atrevernos a plantarle cara, humillados y temerosos en nuestro silencio y nuestra basura…Hsta que, un par de veranos después, sucedió lo impensable.

Estaba yo recogiendo sandías en una calurosísima tarde de junio, cuando escuché ruido en el camino. Me sequé el sudor con la lengua (me gusta reciclar), y me apoyé en un tarái que se inclinaba hacia el río, como queriendo beber la poca agua que por él circulaba. Pronto, de la nube de polvo surgieron dos carretas, tiradas por mulas llenas de cascabeles, y seguidas de un séquito ruidoso. Y a la sombra de una toldilla, la figura imponente de Margarito, que se protegía del sol para que no le derritiera el oro de sus muelas. Al verme, gritó una orden, y toda la comitiva se detuvo ante mí. Yo, preveyendo problemas, me puse el sombrero de paja, y saludé primero.

-Buenos días, ¿qué se les ofrece caballeros?- Margarito sonrió, y bajó del carruaje haciendo sonar todos los avalorios que de él pendían. Entregó su pañuelo al conductor, y se metió los pulgares en los sobacos al contestarme con su rasposa voz.

– Hermoza mañana.

– Lo es.- respondí, cautelosamente

– ¿Qué guardá ahí atrá? ¿Zon zandía?

– Sí.- dí un paso hacia ellas.- Mis sandías.

– Ohú, que tienen buena pinta. Oye payo, aquí mis gitanitos tienen musha hambre…¿por qué no nos regalas unas pocas?

– No puedo.- respondí, sacando el valor de no sé donde.- son mi trabajo de todo el año.

La sonrisa se borró de la cara de Margarito, y dos de sus secuaces desmontaron de las mulas.

– No me digas…-la mano del gitano se acercó sensiblemente a la faja, de donde asomaba la faca.- ¿No vas a tené un gesto con los pobres gitanitos?

-No…no puedo.

– vamoh hombre…-comenzaron a rodearme lentamente, mientras que la muchedumbre se acercaba curiosa.- no seas avarisioso, pisha…

– No.- me erguí, y cerré el saco con las sandías- No es posible. Ya nos habéis quitado demasiado estos años. Idos a otro sitio a…lavar la ropa al río.

Fue entonces cuando supe que no había vuelta atrás. Ahora debía defender lo que había dicho mi boca. Con un gesto velocísimo, Margarito sacó su faca, casi tan larga como una espada, y casi tan afilada como sus dientes.

– Bueno payo, a ver si ésta te hase entrá en rason..- la navaja raída se acercó a mí, con Margarito asiéndola con fuerza. Toda la horda ahora nos rodeaba, jaleando al gitano, que iba a cobrarse otra presa, y a darles de comer. Recurdo escuchar el murmullo del río a pesar de todo. Y aquello me infundió valor.

– ¡Alto!.- grité.- No seas necio. No sabes con quién estás tratando.

– Lo único que sé, compadre, es que tu zangre va a regá el zuelo…por la gloria de mi madre.- Margarito lamió el filo y se dispuso a atacar.

Entonces, amigos, lo hice. Sí. Eché mano a mi bolsillo, y saqué mi arma.

– ¿Qué tieneh ahí? ¿Una faca?

– No. Un libro.- el gentío exclamó, sorprendido.

– Como no zea una biblia, no zé de qué te va a zerví.-Margarito babeaba, a punto de apuñarlarme.

– Tú lo has querido.

En un alarde de audacia, abrí el libro y comencé a leer. En cuanto las primeras palabras salierodn de mi boca, la estupefacción de los gitanos se tornó en algarabía, gritos y sollozos. Margarito se cogió de las orejas, suplicando:

-¡No! ¡Ezo no! ¡Por favó, cállate! ¡No leaz al Bukowzki de loh cojone! ¡No lo zoporto! ¡Aaaaaahg!

Continué leyendo, conteniendo mis náuseas, hasta que Margarito se dió por vencido. Entonces, cogió su navaja, y con dos tajos limpios, se cortó las orejas y las tiró al río, al tiempo que corría gritando, con toda su comitiva detrás. Al poco, ya solo eran unas sombras en el horizonte, y nunca más volvimos a saber de ellos. La paz volvió al pueblo, y todos fuimos felices. Sus orejas viajaron de río en río, y ahora Margarito escucha las olas del mar sin usar caracola, sintonizado con el Pacífico. Y en cuanto a mí, lancé el libro a los cerdos, como tenía previsto, aunque no se lo comieron. Pues los cerdos comen de todo, excepto cebolla y mala literatura.”

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