Las aventuras de Billy Tongue (La Ciudad de la Furia)

Billy (II) Billy Tongue

Cuando Billy terminó, por fin, de ordenar el almacén, se tocó la barba y la sintió más larga que antes de empezar. Estornudó sonoramente, espantando a unos pájaros que dormían en el árbol de la puerta del garaje, se enjugó la nariz con un dedo que parecía una talla de ébano, y dio un paso al frente para que el sol cerrase sus pupilas, ya cansadas de trabajar en la oscuridad.

Durante los eones que había durado la limpieza, desinfección, persecución, radiación, detención, juicio y encarcelamiento de todos los ítems que poblaban el suelo del garaje tras el cataclismo, le había dado tiempo a reflexionar. Sin embargo, en su viaje introspectivo no conseguía encontrar la causa de su fijación por las eslavas pechugonas, que le hacían saltar como un resorte. El incidente del calendario no era un suceso aislado. Era otro episodio más, otra de sus erupciones volcánicas que estallaban bajo su piel, cuando observaba una piel clara y tersa forrar el cuerpo montañoso de una mujer. Y si tenía los ojos azules, además de una erección, se le movían las orejas.

De entre las innumerables situaciones desagradables que su particular enfermedad le había brindado, puede que la más significativa fuese la que le concedió su apodo, ‘’Billy Tongue’’.

Billy no era guapo. Tampoco feo. Simplemente no había palabras para describir su cara, aunque si se la comparase con una zapatilla vieja de estar por casa, que había pasado tres inviernos a la intemperie y era la madriguera de una familia de ratones, la zapatilla aun sería más agradable a la vista. Pero su mote no era ‘’Billy Paramecio’’. Tampoco era ‘’Billy Mariposa’’, por sus orejas bailonas. Y menos aún ‘’Billy el Pato’’, por su curiosa forma de caminar. Era Billy Tongue.

Billy tragó saliva, y se sentó bajo el árbol, para cobijarse del sol. Hacía calor. Tanto calor, que las moscas se turnaban para volar unas alrededor de otras, abanicándose con su aleteo. Tanto, tantísimo calor, que el campo de trigo sembrado al otro lado de la carretera, olía a pan recién hecho. Tanto calor que Billy no tuvo más remedio que ponerse a recordar. Porque aquel día, el día falta, el día que recibió su nombre, hacía ese calor. El calor del sol, que se ruborizó al presenciar semejante capítulo de decadencia humana.

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