Las aventuras de Billy Tongue (La Ciudad de la Furia)

Billy (I) Los cubiertos de Elise

A Billy le gustaba sentarse debajo del tilo del garaje cuando se escaqueaba de trabajar, para pensar en cosas. Como por ejemplo, en la palabra escaquearse. Miraba los cerdos hozar despreocupados delante de sus ojos, y su comportamiento radical para con los demás le hacía situarse en su lugar dentro del espacio y el tiempo.

Escaquearse, había pensado alguna vez, podría venir del ajedrez. Las casillas se llaman escaques, y la manera en la que los peones se movían pesadamente, solo comiendo de lado, en una actitud tan pasotista que ni los cerdos tenían, le hacía intuír una posible respuesta para el origen de la palabra.

Pero no, aquel día no podía pensar. Porque llovía, y la sillita de playa que había colocado allí, estaba mojada, empapada como la concha de una pila bautismal. Y Billy no era una persona oscura. Billy no odiaba muchas cosas, pero mojarse el culo o los pies, eran de esas pocas cosas que se le clavaban como astillas en el glande.

Joder, escupió Billy. Arrojó el delantal y el estropajo a un charco, convirtiéndolos en pecios olvidados en el mar de su furia. Aquella lluvia había llenado el colmado vaso de la paciencia del muchacho aquel sábado.

Primero había sido la lluvia del carajo, que lo había mantenido despierto desde las cuatro de la mañana con su repiqueteo metálico dentro de la caravana. Luego, al querer vaciar el odre en su micción de las mañanas a través de un resquicio abierto de la puerta para no mojarse con la lluvia; una racha de viento le había hecho mearse la pierna, y media caravana. Más tarde, una tostada se había quedado enganchada en el tostador como un escalador agarrado a una pared vertical, y había tardado media hora en hacerla ceder en su empeño. A continuación, se encontró un cuadro abstracto colorista pintado con fluidos humanos dentro del váter a limpiar, y por si fuera poco, se había pinchado un dedo con un tenedor, el índice, el único dedo imprescindible para dos cosas: tocar la guitarra y sacarse mocos.

Un ruidito de pasos despreocupados le puso las orejas tan enhiestas, que si hubiera llevado sombrero se le habría caído. Conocía esos pasitos, y la llamada que los acompañaba.

  • Billy…¿es que tu peu laver cete frushete et les outres? Parsque il i a des cuverts qui sont soles, tu ne les laves pas bien.

Billy, que no entendía un carajo de lo que salía de la carbonizada boca de Elise, entendía el mensaje, por el tenedor que blandía en su mano. Billy había lavado todos los cubiertos tres veces aquella mañana, tres. Y había más cubiertos que granos de arena en una playa, más que estrellas en el universo. Más que pelos tenía Vero en el bigote. Y esto ya son cifras mayores.

  • Andáte al carajo, señora, como diría su marido. Que los he lavado ya tantas veces que se han afilado, señora, afilado, sí, de pasarles el estropajo.- Vero, que esperaba el ‘oui madame’’ habitual, se paró en seco con un rictus mortis que habría congelado a un pingüino.- Sí, copón, no me mire así. Y si le jode no poder ver su cara fea reflejada en los cuchillos, compre otros, en vez de seguir llenando el jardín con geranios, que son caros como la madre que los parió. Y encima los riego yo.
  • Billy, ¿Qué es que tu me…?
  • No, no, no me confunda ahora, con sus palabras en el idioma que sea que me habla. Aquí sobran fuerzas para quejarse, pero luego faltan para trabajar. Mientras estoy yo criando escamas en el fregadero, usted entrena levantamiento de vaso. Y señora, lo siento pero no la van a llevar a las olimpiadas, ya puede buscarse otra meta en la vida que no sea beber vino. Haga calceta, como todas las viejas. – La señora reculó unos pasos.- Eso, vaya, vaya a dormir la siesta, a ver si le crece más el bigote descansando la boca de fumar. Y cuidado al entrar a la casa, agáchese, no vaya a ser que rompa el marco de la puerta con los cuernos como vigas de acero que le pone su marido en su puta cara.

Billy se sorprendió teniendo ésta conversación ficticia en su cabeza, al escuchar las palabras de la mujer. Qué violencia, pensó. Pero en su lugar, en la realidad, salieron estas palabras: ‘’oui, madame’’, cogió el tenedor de la mano de Elise, y se dispuso a fregar, una vez más, los cubiertos del bar.

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