Relatos

Emile

  • Hay algo en la música rusa.-dijo Emile.- Algo que me hace querer romper los vasos contra la pared.

 

Se levantó con la copa de manhattan aun sin terminar, brindó hacia el ventilador que se meneaba en el techo y la estrelló encima de la cabeza rapada de Abu Racin.

Nada hacía sospechar que Emile era un tipo particular, se vestía con ropa beige, se tocaba el sombrero al entrar a los bares y bebía manhattan sin comerse la cereza, como hacemos todos en esta ciudad.  Yo mismo podía considerarme un excéntrico por llevar puesto un cinturón violeta y leer el periódico antes de fumarme el cigarro. Pero qué diablos, era por profesión. Lo requería el guion, yo soy el bohemio del barrio, a mucha honra.

Emile, sin embargo, desde que bajó del autobús frente a la panadería de los judíos nunca mostró interés por la farándula. Era Emile, y solo Emile. Sin cinturón violeta. Solo la palabra, Emile. No había nadie detrás de ese nombre, Emile era una carcasa sonora. Un apelativo fantasma. “Emile, ¿qué tal estás?” “Emile, ¿hace buen día?” ¿Qué tal tu mujer, Emile?”

Nada. Una sonrisa, unos dientes simétricos, si acaso un comentario jocoso y se acabó. ¿Quién era Emile? ¿Qué era Emile? ¿Estaba vivo, siquiera? En ocasiones sentía deseos de cortarle la cara, me irritaba sobremanera. Para no hacerlo, carajo, si es que tiene hasta las entradas perfectas, ni muy dentro ni muy fuera. Exactamente clarean su cabeza de forma que madurez y juventud vienen y van en resacas que cubren su frente según le dé el sol en la cara. El puto Emile. Con esas gafas sin cristal, de montura dorada, como las mías, pero en él casi quedaban naturales, sin cristal, sin mirada, sin alma. Debe tratarse de una criatura del averno. Un autómata con calefacción en la piel metálica para engañarnos con la calidez de sus saludos. Ni fuertes ni suaves; son recios, medidos, perfectos.

Todos conocían a Emile en la parte roja de La Rochelle al cabo de dos días, a los cinco días había gente esperándonos en la puerta de mi edificio de la calle Saisons para sentarse detrás suyo en alguno de los bares que solíamos frecuentar. “¿de dónde eres, Emile?” “¿Dónde te lavas las camisas?” “¿De qué marca es tu tabaco?” ¡Pues de la misma marca que el mío, y en ocho años caminando por el puerto de La Rochelle cada tarde, junto a las terrazas de la Sociedad Marina, escupiendo el humo por toda la ciudad, nadie me había preguntado por qué salía de mi boca ese aroma a desierto acanelado de mis Royals!

Pero claro, no soy Emile, aunque él lleve mis camisas, porque llegó sin maleta, solo cargado de su sonrisa de media luna, ni creciente ni menguante. A menudo pienso: ¿será mortal? Es tan perfectamente ambiguo que si le clavo un cuchillo en el pecho se quedaría atrapado entre la vida y la muerte. Es el hombre Limbo, ni aquí ni allí ni en ningún sitio. “Emile, vete al infierno” “Emile, tal vez mañana no te despiertes” Y siempre la misma mirada, apenas asustado, apenas conmovido, daba otra calada al Royals del tarro que le he regalado y continuaba mirando por la ventana.

Cuando me pilló en la cama, con su mujer, se enfadó, claro. Pero fue un enfado más descrito que vivido. Sin alma, un enfado tramitado, certificado, enviado y recibido. Burocrático. Le cruzó la cara a ella, a mí me arrancó de la cama tirándome la ropa por el balcón y a la media hora estábamos los tres bebiendo té en la cafetería de Abu Racin.

 

 

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