Relatos

El arroyo

Aquella mañana se cumplían cinco años desde que Kazu se transformó en oso, y Kazumi observaba su pecho negro subir y bajar a la luz del amanecer. Kazu dormía, tumbado junto a ella, en la cama de la cabaña. Era aún pronto para que la luz le arrancase destellos diabólicos al pelaje de oso, y en su estómago aun podía oírse fermentar el cordero de la cena.

Kazumi se levantó con sigilo y salió de puntillas para no despertarlo antes de que el sol le provocase picor en la gruesa piel. Mientras se lavaba el pelo en el manantial, observaba las marcas de zarpas en la puerta, luego el cordero devorado que apoyaba la cabeza junto al pozo, y dejaba caer el agua que se llevaba el sudor febril de su espalda.

Cada día, mientras se secaba el pelo con el aire límpido, miraba las cumbres tentadoras que rodeaban el valle. Pero no eran más que nubarrones en su frente, siempre despejada y blanca como una mañana nevada. A pesar de todo, ella se frotaba las manos con jazmín y se vestía con el kimono negro. Después se calzaba los zapatitos negros y esperaba junto al claro del arroyo, donde las copas verdes ocultaban la cabaña. Allí se sentaba y cerraba los ojos, descalzándose para que el rocío de la hierba le provocase un espasmo helador. Entonces la canción sonaba entre los pinos, se hacía envolvente y clara como un trino, y como un trino revoloteaba entre los pliegues del kimono, con manos pequeñas y cálidas, las manos de Asa.

Primero se metían las manos entre las ropas, rodeándose con los brazos el cuello y las caderas, y cuando ya no tenían frío, se besaban en la mejilla. Asa se sentaba entonces apoyada sobre el musgo de una piedra, y  Kazumi se tumbaba sobre ella, dejándola palpar entre sus piernas, recorrer los muslos. A cambio, Kazumi acariciaba el pecho de Asa y lo besaba despacio.

Con el ascenso del sol, sus caricias se hacían también más cálidas, hasta que Asa se introducía en Kazumi y la hacía explotar de lluvia y calor salpicando el arroyo. Al concluir se lavaban la una a la otra, se sonreían con una reverencia y volvían a sus hogares. El sol ya estaba alto, y Kazumi abría con cautela la puerta de la casa para volver junto al cuerpo durmiente de Kazu, que mecía la cama con cada respiración.

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