Relatos

Gran Vía (-173 grados)

El termómetro de la Gran Vía marca esta noche -173 grados en letras rojas, y luego te dice la hora. La gente que espera en el semáforo frente al termómetro parece ignorar el frío que hace, aunque estemos en primavera, aunque salgamos en camisa y se hayan destapado los olores y sabores que dormían en invierno. Aunque ha sido un invierno frío, es ahora, a -173 grados cuando me estoy congelando. Lo dice el termómetro de la Gran Vía, y yo no puedo estar más de acuerdo.

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Es curioso cómo ella siempre aparece en mis papeles, aunque no la quiera. Estamos conectados, nuestros cuerpos emiten desde una antena que tenemos cerca del ombligo, en ondas cortas, muy cortas, que se desvanecen cuando no hay contacto visual. Ella también tiene frío, me creería si le cuento que hoy estamos a -173 grados en Madrid, aunque ya se ha ido con su frío a otra parte, con sus ojos de frío, sus ondas cortas y casi todo su olor.

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En el cine casi le cojo la mano a alguien que estaba sentado a mi lado. Me gustaría llorar, pero no lloro. Tampoco vomito. Nunca. Dejo que todo macere bien dentro de mí, ya me siento hinchado, como un bote de garbanzos podridos que abomba la tapa. No quiero admitirlo, pero deseo inundar un pecho de lágrimas. Ella ya se ha ido, y ya tiene sus lágrimas en su pecho, y las lágrimas no se deben mezclar. No se pueden mezclar. Reaccionan químicamente y queman la piel, ¿no lo sabías? Yo tampoco. Pero hoy hace -173 grados y sé algunas cosas más de lo normal.

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Si hay algo cierto bajo las luces de la Gran Vía es que no la quiero. Y por eso sé que nos entendemos, y que no pensaremos más en mirarnos. Somos un eclipse de nuestras realidades, no la noche de nuestros días. Es bastante fácil de entender.

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Suelo pensar cuán despreciable me sentiré dejando mi número en la mesa para que lo recoja la camarera simpática. Pero luego me froto las manos y miro el termómetro, fuera del bar, en la Gran Vía. Si mi teléfono sonara, creo que podría pensar en quitarme la bufanda.

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Hay muchas mujeres por la calle estos días y estas noches de primavera. Creo que saben que Cristo ha muerto y no las mira. Solo ocurre aquí, en Madrid. En el Lugar de las Luces, de donde vengo, aun se teme algo que está por venir, algo secreto. También hace frío allí, pero la luz me calienta los hombros, a veces, cuando vuelvo. Otras veces no.

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Caminando por la Gran Vía puedo notar que alargo los pasos cada vez más, me miro en los escaparates estirar las piernas en demasía. Resulta curioso, casi tensorial el huir de algo que se acerca más cuanto más corres. Mientras, el termómetro sigue brillando, rojo de ira, para recordarme que tal vez hoy no todo es lo que parece.

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Los mataría a todos, más muertos cuanto más sonríen. Luego sentiría más frío. Ellos se juntan para darse calor, como mulas y bueyes. Yo camino erguido, tacón largo, no me vayan a tomar por  bestia. Luego me remango la camisa y bajo el cuello para que el viento helado no me corte las orejas.

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Hoy en la noche lo veo todo tras un velo rojizo, veo atardeceres de luna menguante, siempre menguante. Veo la carretera, el mar, el sol apagarse en el mar, como ella apagó ayer su cigarro e hizo la oscuridad en mi habitación. Qué suerte, no quererla. Y qué resaca de piel.

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Quiero tocar. Abrasar a alguien con mi frío, pero en silencio. No quiero hablar más. Quiero tener ese olor a pelo mojado cuando me vuelva en Callao y regrese al piso. Quiero volar un poco, quiero olvidarlo, pero el termómetro sigue allí, sobre las luces, esperándome frente al semáforo para recordarme que hoy hace -173 grados en Madrid.

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Hablan inglés, a veces francés, ¿por qué lo hacen? Ellos son como yo, pero con las manos cálidas y enrojecidas, llenas de anillos pequeños. Mi anillo es negro, de ónice, y cada vez que siento su peso en mi dedo se me llena el estómago de cenizas humeantes. Yo también hablo inglés, yo también hablo, a fin de cuentas. Pero soy el único que escucha, el cazador, el que espera con las rodillas en la nieve, el que no lleva escopeta.

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Me mira desde su trono ese Cervantes de piedra. También el edificio España, y son terribles. Ellos sí que están fríos. Nunca los miro porque podría congelarme. Ese tipo de escarcha que puebla el cabello también cae en el Lugar de las Luces, y pesa tanto que se me clava la barbilla en el pecho, y me lo hunde cada vez más. Y  así camino, con la cara hundida en el pecho, los pasos de cinco leguas y la enorme chaqueta vaquera volando tras de mí.

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En la cola del cine me he encontrado con una mujer muy pequeña. Su coronilla canosa me llegaba al tercer botón de la camisa, y por lo tenso y envejecido de sus manos he pensado que era asiática. Pero no. Cuando se ha girado para vigilar si su hombre le compraba bien las palomitas, he podido comprobar que era una mujer normal, pero pequeña. Aun así, casi la invito a salir.

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Mi suerte son mis manos, no mis ojos. A algunos los salvan los ojos, a mí las manos, pero nunca las saco de los bolsillos del frío que hace. ¿Cómo las voy a sacar? A -173 grados se congela el nitrógeno. El puto nitrógeno. ¿Cómo voy a sacar las manos? Solo puedo mirar, y no me importa que se me congelen los ojos porque no pueden estar más fríos.

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Hoy por fin lo he visto claro y meridiano. Ha pasado en el metro, como todo lo importante, la escena se ha reproducido ella sola ante mí: una entrada desde el pasillo al andén a cámara lenta, haciendo volar mi chaqueta vaquera, pisando amplio y mirando serio a la lente. Y de fondo, “Art of Life”, en directo. Exactamente cuando entra la batería yo entro en el andén, y detrás de mí el resto de la gente, como si hubiesen abierto el caudal y yo fuese la primera gota.

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Nunca he ido al teatro, y parece que mis largos paseos no me van a llevar dentro de uno hoy. No con este frío, no con tantas faldas. Madrid no huele a nada si no fuera por ellas. Antes olía a hiedra. Eso fue hace mucho tiempo, antes del frío, antes de la piel, antes de todo, cuando aun respiraba el frescor estelar de los veranos tocando blues para fingir el frío que ahora me encoge los dedos en torno al cuello de caoba, negro, el único que me responde.

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No podría soportar beberme un beso. Demasiado caliente. Soltaría vapor condensado de mi garganta. Demasiada diferencia. Lo instantáneo siempre hiere, y el frío no viene de repente, aunque no recuerde cómo vino. Debió colarse por debajo de la puerta, en verano, y ahora es él quien me abraza, siempre, pesadamente, a -173 grados en primavera.

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Pues claro que las echo de menos, ¿acaso no lo hace el invierno con la primavera, o ese fin de semana de sol en noviembre? Pues claro. Pero nunca se quedan, como debe ser. Se marchan a sus fríos, y yo al mío, dolido en los dedos y las ondas. No hay remedio contra eso, ni metiendo las manos entre las piernas.

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El calor que busco es el de un sol congelado, y algunos brillan tanto como las luces rojas del termómetro de la Gran Vía, y lucirán más conforme caiga la noche. Solo un sol de hielo podría tocarme ahora para no quemarse con mi frío, este frío tan curioso de primavera.

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