Relatos

Carta al Comendador

A la atención de Excelentísimo Comendador de la comarca de El Pujo.

Estimado Comendador:

Es hoy, martes 4 de Julio de 1961 cuando me dispongo mediante esta misiva a disculparmi ausencia en el Consejo Municipal el viernes pasado y a justificar y denunciar la causade mi falta.

El motivo por el cual me ausenté viene motivado por los malos haceres y conductas que ensombrecen la hasta ahora brillante honra de los Campos de san Jon, siempre ejemplares, como seguro recuerda usía. En efecto, como responsable agrario de las pedanías adscritas a nuestra comarca de El Pujo, no pocas veces me ha llevado mi deber a pasar revista y mantenimiento de todos los bienes en propiedad de nuestro ayuntamiento a éste lugar, Alcaraz de san Jon, y nunca me había topado con unas circunstancias como las que refiero a continuación.

Como conozco lo ocupado de sus pensamientos, qué menos que permitirme la licencia de recordarle a usía las características de la población y los empleos que realiza Alcaraz de su suelo, agua y viento, propiedad de su señoría:

Con respecto al clima del lugar, se lo ha descrito como desierto en la guía de Terrenos y Montes, llegando la sequía de la zona a tal que los vecinos han perdido la costumbre de beber agua y mascan hojas de higuera en cambio, lo que les resulta “más cristiano” porque el beber agua les produce un sentimiento profundo de desazón y culpabilidad, dándose al vino y al mosto para calmar la sed cuando no es época de higos. Se podría pensar que ésta peculiar costumbre afecta a su diligencia, pero nada más lejos de la realidad, solo detienen sus labores el par de días al año que la lluvia les visita; entonces matan a todos los corderos y celebran el acontecimiento con enorme alegría, aunque más de un invierno se han visto privados de alimento por celebrar con demasiada efusividad la venida de la precipitación.

Tras ésta breve digresión cabe indicar que la verdadera riqueza de Alcaraz de san Jon se mide en trigo y harina. Los trigales circundan al pueblo como si de un poncho reseco se tratase, y la harina es producida por los molinos apostados en lo alto de la colina sobre la que se asienta la población, azotada de continuo por el Mistral de poniente que arrastra toda brizna de hierba verde sobre la elevación y los hogares. Hay quien compara Alcaraz de san Jon con las nalgas de un gigante que murió de sed y yace boca abajo medio enterrado bajo el pueblo. Estas condiciones, sin embargo, hacen de los pobladores personas cercanas y alegres que celebran las visitas y trabajan la tierra con tesón, al menos hasta el incidente que estoy a punto de referir.

Sea pues la harina de los molinos que coronan el pueblo la única fuente de ingresos, y por lo tanto el principal interés para usted y para mí. Su funcionamiento ha sido siempre satisfactorio, como muestra mi informe positivo de la última inspección que realicé allí hace diez meses, sin embargo, hará cosa de un mes comencé a recibir en mi despacho algunas cartas emitidas por vecinos de Alcaraz con los molinos como sujeto.

En la primera de las cartas, Don Rafael Carrasco hace mención de un hecho inusual que le impedía desempeñar su labor de molinero. Como usía conoce bien, bajo el techado de los molinos, en la planta superior se sitúan dieciséis ventanucos o “vientos” por los que el molinero se asoma para determinar la dirección del viento y orientar así las aspas.

Pues bien, don Rafael no salía de su asombro al descubrir que en la mañana del seis de mayo el viento soplaba solano y matacabras al mismo tiempo, entrando por dos ventanucos diferentes. Sorprendido, el molinero achacó éste fenómeno a su falta de salud y de sueño, puesto que se hallaba fatigado tras pasar una noche de guardia en el retrete. Para cerciorarse encendió dos velas y las colocó en los ventanucos corroborando que el viento soplaba desde dos latitudes distintas aquella mañana, haciendo imposible la molienda.

Cuando recibí este informe no le otorgué la mayor importancia, lo consideré un suceso aislado y lo dejé correr. Sin embargo, a los dos días otro sobre me esperaba en la mesa de mi despacho, esta vez escrito por don Luis Romero lamentando que su molino giraba en sentido opuesto al del viento, según sus propias palabras: “el molino parecía soplar en vez de girar, oiga, como si fuera bebido de moscatel”. De nuevo ignoré la misiva, achacando la causa al moscatel que probablemente afectaba al Molinero en vez de al molino. Por supuesto, el asunto estaba lejos de concluir.

A los pocos días una cordillera de papel me esperaba en mi mesa con más quejas de los molineros de Alcaraz, que habían desencadenado el fenómeno geológico en mi escritorio. Todas ellas se referían a episodios de la más extraña índole molinera, le describo algunas: don Manuel Sixto comentaba que su molino producía harina azul celeste, Joaquín Manzano había observado que sus aspas sólo giraban en los días pares de dos cifras cuya suma era inferior a siete, Alfonso Díez no podía ni acercarse a su molino porque éste desprendía un fortísimo hedor a arenques y la más grave, la carta escrita por Tula Juárez desde el hospital de San Jon, donde se hallaba postrada; su molino sólo molía cuando ella se bajaba las enaguas y había sufrido quemaduras de consideración al mostrar durante una jornada completa partes del cuerpo que no acostumbran a ver la luz del sol.

Alarmado, resolví partir hacia Alcaraz cuanto antes para tratar de dilucidar este grave episodio en un intento de detener el aluvión de cartas que ya impedían abrir la puerta de mi despacho y emprendí el viaje el mismo viernes de mi ausencia en el Consejo.

Yo le suplico, señor Comendador, que comprenda mi buena fe y la honradez de mis actos, siempre con el deber bien presente al ausentarme durante éstos días, aun cuando al arribar al pueblo pude comprobar que nada ocurría a los molinos, y que todo era un ardid de los habitantes para hacerme viajar hasta allí sabedores de que siempre les ofrezco queso en aceite como obsequio en nombre del Comendador, alimento que por lo visto disfrutan y degustan con gran alborozo, para mi ridículo y escarnio. Le ruego disculpe mi ausencia y considere mi readmisión en el Consejo. Un saludo cordial.

Salvador Jairo, responsable del Patrimonio Agrario de Jon.

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