Relatos

Ella es oscura

Ella es oscura, y la temo y me gusta. Anda sola por la carretera, se mira la sombra cuando hay luna llena y respira hondo cuando hay tierra mojada. Pero solo de noche. Aparece y se monta en mi coche, y conduzco mucho y muy lejos, y ella siempre calla. Pero a mí me gusta. Cuando me coge la mano, la que tengo encima del cambio, la tiene siempre blanca y helada, y lo hace cuando hay curvas para distraerme y que pierda el control.

Si vamos al bosque salimos del camino para pegar la mejilla entre las piedras y mirarnos mientras la llovizna nos moja la cara. Ese aliento trémulo del bosque nos envuelve, y ella no parpadea entonces, solo camina descalza arañándose los pies con las ramas y rocas, y caminamos hasta que ella se desmalla del frío y puedo cogerla y meterla en el coche.

Cuando empiezan las fiebres es cuando más la temo y más me gusta, porque arde y me agarra el brazo haciéndome cortes con las uñas, siempre en el asiento trasero. Cuando convulsiona me deja abrazarla, desnuda, y muerde el cuello de mi camisa para distraer el dolor, hasta que se desmalla otra vez y podemos volver a la ciudad, antes de que amanezca.

Ayer quiso afeitarme con cuchilla. Se la metía en la boca para saborear el frío y mi barba, y volvía a rasurarme cuando estaba limpia y todos los pelos estaban en su lengua y su garganta. La temí y me gustó más que nunca cuando detuvo la hoja sobre las arterias de mi cuello, dejando que se calentara. Fue la primera vez que hablamos de Jon. Luego se guardó la cuchilla entre las piernas y se durmió en la bañera.

Cuando he despertado esta mañana la he encontrado de rodillas en el suelo, mirándome. Se había rapado un lado de la cabeza con mi cuchilla, también las cejas. Quería hablar de Jon. Otra vez. La segunda.

Me he negado, pero ella gritaba rompiéndose la garganta y arañándose el pecho y rompiendo mi guitarra contra el espejo. Acarició los fragmentos de cristal con deleite, recorriendo el filo con el dedo, y entonces hablamos de Jon por segunda vez.

Jon me mata. Tan alto y transparente. Jon es de madera, acero y sangre, y ella lo ama más que a mí, lo necesita. Jon es un arpa pintado de oro con pedales de plata, cálido al tacto y oscuro en el canto. Otros arpas brillan, Jon rompe el aire y no puede saberse si el arpista toca el arpa o es el diablo mismo, o es el propio arpa quien pulsa nuestras entrañas.

No quiero que ella lo toque, me produce pavor. No quiero que sus manos frías toquen el acero, no quiero ver sangre en sus dedos blancos, no en ese arpa, su sangre es toda mía, y yo soy suyo, y el arpa debe arder, pero no arde porque ya está en llamas.

El momento más punzante de mi vida lo he pasado en mi habitación esta mañana, observando cómo se ponía el vestido rojo del que asomaban las marcas de uñas en su pecho. Cogió las siete pulseras de plomo y ámbar y dejó que colgaran de las muñecas, que parecían irse a quebrar como la porcelana. Me voy con mi amor, decía, pisando los trozos de mi guitarra, los cristales y mi frente, siempre descalza, bebiéndose mis suspiros y besos, porque me gusta mucho.

De camino al auditorio la veo acariciarse la cara, y la odio más que nunca. Me agarro al volante para reprimir mis instintos. No puedo soportarlo, no con Jon, no quiero imaginarlo pero allí está, en mi mente, mientras cruzamos la carretera del acantilado. No quiero, pero ella se va a sentar, a acercar su pecho a la madera, a tocarlo con las manos, a cerrar los ojos y a volverse cálida, preciosa, suave. Y entonces no la temeré, y no me gustará.

Siento arcadas cuando se vuelve flácida y comestible, desprende olor a flores blancas y amarillas y mira rozando, no quemando, y sus palabras son claras y frecuentes, salen tibias de sus labios que florecen rojos, y me besa mucho con ellos. Pero yo la quiero azul, mojada y llorosa, y fría, y húmeda hasta la corrupción, y con dedos pétreos en torno a mi cuello.

Ella lo sabe, lo sabe y me coge ahora la mano en la palanca de cambio, acelero y las curvas del acantilado se hacen cortas, angulosas y tentadoras.

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