Relatos

La llamada

Los volcanes, las simas oceánicas, las altas cumbres, los desiertos, la Luna, el espacio… El ser humano se siente atraído por lo desconocido, lo misterioso, cualquier agujero donde meter el brazo hasta el codo en busca de una gema preciosa, un mordisco de murciélago o una ínfima porción de la verdad.

Sin embargo, el misterio más oscuro y siniestro se esconde dentro de nosotros. Nuestro ser. La más arcana magia negra es la que rige mi mano al escribir éstas páginas, la que mira a través de mis ojos, la que supervisa como un abuelo cansado los movimientos erráticos de su joven nieto y le advierte con voz sabia, ronca y perezosa, casi burlona.

Nuestra conciencia nos habla clara, pero en dialectos solo inteligibles si se comprende el idioma de la honestidad. La conciencia no tiene lengua ni labios; su llamada son señales invisibles, ella no necesita de palabras para comunicarse con nosotros. Se vale con un abrazo bajo la piel, un lametazo por dentro del oído o un picotazo lacrimal.

En ocasiones su llamada se manifiesta fuera del cuerpo, cuando más la ignoramos, y se ve forzada a salir como último intento para llamar nuestra atención, pero un hombre ciego lo es hasta que despierta, de manera universal.

No es sino en el fragor del desastre cuando el grito es más patente, como bien pude comprobar. No puedo recordarlo sin estremecerme de los pies a las cejas. Qué va a ser. Pues claro, un asunto de Venus, el planeta más horrible de los que se queman en su propio rubor.

Comenzó en junio sin ser previsto, un bocado, una explosión en mi carne y en mi vida, tan oscura por entonces que me vestía de azul marino en los días menos malos. Ella apareció como una cegadora luz negra, más negra que mi pelo, más oscura que sus ojos.

Soy amante de la halitosis, con ello quiero decir que me atrae la boca del lobo. O la loba. A veces la boca se confunde con mi trasero y para olfatear el apestoso aliento de mi desgracia tengo que doblarme entre mis piernas. Aquella vez no hizo falta.

Sucedió en un café. Ya volvía de mi diálisis diaria caminando desde el bosque, donde limpiaba mis humores corrosivos y reponía los almacenes de lágrimas con el rocío de los pinos, y la encontré allí sentada sobre sí misma, como siempre, con las piernas anudadas en la silla y el cigarro de marihuana arrugándose entre sus labios. No sé a quién diablos esperaba, pero llegaba tarde, así que me senté con ella y la miré de cerca después de tanto tiempo. La última vez, en la fiesta de disfraces, me dedicó su gesto de barbilla antes de constreñir contra la pared a mi compañero de oficina, como una serpiente a su ratón, desencajándose la mandíbula a la manera francesa provenzal. Y quizá por el sonido familiar de su cascabel y sus colmillos me senté a su lado.

Sabía lo que sucedería a continuación, lo había leído demasiada veces en los tratados de brujería; el futuro aparecía tatuado bajo mi piel con mi sangre; mis venas se alineaban para crear palabras de aviso en mi muñeca. Por supuesto, ignoré el hormigueo y desplegué mi más encantador repertorio de sandeces como un sutil pescador con dinamita. Y es que me crie con dos hermanas, si alguien sabe correr a través de los jardines para llegar al huerto, soy yo.

A ella le complació verme disparar toda la traca colorida; lo sabía por cómo se esforzaba en abrir los ojos con cada petardazo y por la chusta olvidada en su boca, que ya no humeaba. Claro que, ella me conocía lo suficiente en mi timidez como para apreciar mis esfuerzos.

Ahora, rememorando la jugada, me sorprende mi audacia e iniciativa en aquellos momentos. ¿Por qué lo hice? Solo Dios lo sabe, y lo sabe bien. Lo quiere así. Tampoco es difícil de comprender en realidad. Naturaleza, y punto. Sin embargo, como atraer su atención no bastaba, había de afirmarme como domador y no como payaso en aquel circo particular. Debía pues, mostrarle lo que se perdería si se quedaba allí esperando a su amigo. Imaginé, en el tiempo que se lió un cigarro, la aventura más cósmica que se pudiera perpetrar aquella noche incipiente, y la doblé. Veinte segundos después corríamos calle debajo de la mano, huyendo de nuestra propia sombra con la última luz del ocaso.

Esa noche no llegó, la adelantamos nosotros como dos huracanes callejeros destruyendo la ciudad; cada una de sus arterias asfaltadas, los callejones y los bares fueron arrasadas. El primer rayo del amanecer se coló por la cerradura de su puerta a la par que su llave, y los tornados se transformaron en remolinos de sábanas. Tras el último terremoto que sacudió todos los muebles de su apartamento, nos despedimos un par de veces más sobre su felpudo y dejamos por fin descansar a los vecinos.

Mientras volvía a casa flotando sobre el asfalto sentí una punzada en el antebrazo, como un aguijón metálico entre las venas, pero no le di importancia. Apenas crucé mi propio umbral, y sin cambiarme de calzones, cogí mi guitarra para mitigar el temblor que se había adueñado de mi mano, como si se muriese de ganas por tocar. Conecté su piel de ébano con la mía, y mis dedos se encargaron del resto accionados por hilos invisibles; sentí que podría dar un paso atrás y observar mis manos tocar la guitarra flotando en el aire.

Primero, dos acordes titilantes que se oscurecían en el aire robándole luz a la habitación. Luego una cadencia lenta, casi humeante, una marcha melancólica,  y vistiendo aquella escultura aérea, un punteo agudo, impertinente; un revoloteo feroz de la falda con la que se estaba vistiendo mi música. Una amenaza. Sorprendido, grabé la pieza que acababa de expulsar de mi cuerpo extasiado, aun con sabor a mujer. Aquella melodía era tan tétrica que las cuerdas de la guitarra se oxidaron notablemente después de tocar. Asustado, guardé la grabación en el armario y me arrojé a la cama, agotado.

A pesar de sentirme vacío, dormí levemente, como acostado sobre raíces revoltosas. No pude descansar, e ignoré el despertador un par de horas después, faltando al trabajo. Cuando al fin me levanté de mi nido revuelto, con el sol ya alto y la boca seca, fui pesa de un ansia que nacía en mi brazo y me quemaba el cuerpo; tuve que correr a verla de nuevo para mitigar mi deseo.

Apenas atravesé su puerta nos fundimos en aleaciones extrañas, fluctuantes, que cambiaban de color durante el día y la noche. Tras aquella feroz visita me instalé en su piso, dispuesto a no abandonarla nunca más, y ella a no dejarme partir. Habían pasado treinta y cuatro horas desde nuestro encuentro en el café, pero ya había dejado de percibir el tiempo. A partir de entonces no recuerdo sentir felicidad ni miedo. Más bien vivir con ella me privaba de cualquier pensamiento, el eco sensorial se imponía sobre las demás voces de mi ser. Si me tumbaba y bajaba la guardia, veía un toro de ojos negros persiguiéndome en una noche sin luna por todos los senderos de mi mente. No había tiempo para nimiedades, solo humanidad salvaje, aire frío en el pecho y noches febriles.

No puedo decir cuanto tiempo permanecí en la duermevela, los días se sucedían de manera extraña; a veces observaba el tenue sol rotar al contrario tras su cortina siempre cerrada, esa que nos protegía del mundo. Una vez sentí hambre y abandoné la vivienda para comprar. Ella no vino conmigo, se duchaba sin mí esta vez porque no había agua caliente y detesto el agua fría. Para no sentarme y ser invadido por la realidad, resolví bajar a comprar solo, me mantendría distraído. No nos habíamos separado durante eones, y mientras bajaba la escalera hacia la calle el brazo me palpitaba con creciente intensidad, tanto que al salir al exterior se adueñó de mí una picazón endiablada que no se mitigaba por más que me arañaba la piel. Un instante después, la urticaria me poblaba la mitad del torso. Asustado, volví corriendo a su piso para abrazarla y llorar; la inflamación desapareció al instante.

La situación empeoró desde entonces: no podíamos dormir, andar o comer sin esta en contacto. Ella también sufría síntomas: su pelo se ponía lacio y débil y su cara empalidecía por momentos cuando no agarraba mi mano. Uno de aquellos días abrí la puerta al cartero con ella agarrada a mi espalda, y quedé petrificado al advertir el gesto de terror que tensaba la cara del pobre hombre al vernos. Intrigado, me volví hacia el espejo para contemplar la más horrorosa de las imágenes en las que he participado.

Ella, sin pelo, con su tez verduzca, las ojeras negras y las uñas rotas; yo, con el eccema invadiendo cada rincón de mi piel, cerrándome los ojos de la inflamación y con el brazo en carne viva, latiendo pus por los dedos. Los dos éramos una mole informe, parásito y parasitado, sin poder distinguir lo uno de lo otro, su cuerpo del mío.

Se corrió la voz por el vecindario y nos vimos asediados por los familiares y hasta la policía, exhortándonos a remediar la situación, separarnos para salvar la vida. Nos negamos, dimos voces y nos parapetamos en la cocina con cuchillos en ristre, pero tras un forcejeo los agentes nos sedaron y trasladaron al hospital.

Tras varias horas de frotarnos con ungüentos y aceites lograron despegarnos arrancándonos grandes partes de piel solapada y hedionda; el proceso era tan doloroso que nos indujeron un coma médico para poder separarnos, aislarnos el uno del otro y salvar nuestras vidas.

Desperté al cabo de unas semanas, con todo el cuerpo envuelto en vendajes que se pegaban a mis úlceras sangrantes, aunque nada me dolía más que no notar su piel junto a la mía. Hice ademán de levantarme, pero unas esposas me retenían en la cama, donde viví postrado los siguientes seis meses, hasta que dejé de escupir sangre de tanto gritar su nombre.

Me sometieron a un tratamiento psicológico durante mucho, mucho tiempo. Finalmente, me dejaron marchar con la única premisa de rehacer mi vida por completo, cambiar de ciudad trabajo y de amistades para no desatar episodios de melancolía asesina, y por ello tuve que volver a mi antiguo apartamento para hacer la mudanza.

Estaba cubierto de polvo y telarañas. Me abrí paso hasta mi habitación, con la guitarra tirada encima de la cama, los cajones abiertos y las sábanas tiesas. Recogí mis cosas lo más rápido que pude, sin apenas respirar, con el corazón contrito y las manos temblorosas. Al abrir el armario tuve que agarrarme para no desvanecerme. Hundida bajo una camisa vieja, una esquina de la grabación con la canción que había brotado de mí meses antes me miraba de soslayo, tan terrible que no pude evitar escucharla por última vez.

Temblando, metí la cinta en el aparato de música. El altavoz crujió, me abracé a mis rodillas sollozando, con los pelos como escarpias, y al fin el aparato escupió mi música. Las telarañas titilaron con los acordes tenebrosos que ahora se metían por mi boca y resonaban por mis pulmones.

¿Cómo no me había percatado? Los sonidos, terribles, distaban mucho de versar sobre amor brotando nuevo y fresco tras el primer beso. Aquella música era la más perfecta reproducción del terror, siniestra y afilada como ninguna otra. Mis manos, mi cuerpo había intentado avisarme, mi subconsciente había hablado en su lenguaje secreto para prevenirme tras aquel café y aquella noche, componiendo un himno, una llamada a huir de la sinfonía sobre la que cabalgaban los jinetes de la muerte.

 

 

 

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