Relatos

Tangencias

No olía a mierda escalfada cuando bajé del tren, así que debía ser primavera. Solo en abril los almendros en flor, las amapolas silvestres y demás hierbajos camuflan el olor de la depuradora. Y solo en abril se puede andar por la calle sin que los zapatos se peguen al asfalto. Diría que abril es el mejor tiempo para vivir en mi pueblo, pero no lo dije por si llovía. Aunque, qué diablos. No iba a ser hoy uno de los diez días al año que llueva aquí, pensé sonriendo.

Caminaba cegado por el resplandor de las paredes de cal y el sol de mediodía. Si había vuelto no era por nostalgia; hacía tiempo que mis padres se habían mudado a Madrid para estar cerca de mis sobrinos, y en el pueblo solo quedaban recuerdos fugaces, evaporándose hacia el cielo pintado con un brochazo azul. No, había vuelto por puro azar. Y por ella.

En un estornudo del destino, había ido a conocer a Marta en Madrid, una tarde de cine. Extraño, ¿verdad? Nadie se conoce en el cine, sin embargo, yo roncaba tan fuerte que ella se acercó a mi lado para zarandearme el hombro. Me asusté y grité. Claro que no fue un grito normal, de ser humano, una vocal abierta como Dios manda, con su par de exclamaciones y tal. Más bien fue algo parecido al lamento de un burro enfermo, tan denigrante que Marta no pudo contenerse y casi se mojó los tacones de la risa. Por supuesto, los asistentes nos fusilaron a palomitas. Corrimos fuera de allí y la invité a ver otra película. Le dije que me sentía obligado y ella aceptó. Elegí la más sanguinaria y oscura de la cartelera, como en su día hizo mi padre con mi madre. Mientras esperábamos nos hicimos las preguntas de rigor, y tócate los colgajos, era de mi pueblo. La cosa empezaba bien.

Ya sentados en las butacas, el truco de mi padre funcionó a la perfección: a los veinte minutos la tenía tapándose la cara con mis manos, a los veintidós saboreé su chicle de menta, a los veinticuatro olíamos el ambientador de pino del servicio, y a los trece meses estaba aquí, en mi pueblo y el suyo, para conocer a sus padres.

Consulté la dirección. Aunque estaba nervioso, un aroma a torrijas se escapó de una ventana abierta y se me deshizo el nudo del estómago. Las calles estaban vacías. Miré el reloj. No, no era la hora de la siesta, aunque aquello pareciera un western, con el sonido de mis pasos por acompañante. Me detuve a encender un cigarro y la brisa me trajo un clamorcillo que venía rebotando entre las cortinas de las puertas. ¿Un tambor? Sí, redobles lentos. Ahora cornetas. Debía haber alguna procesión por la plaza, y todo el mundo estaría allí. Me hubiera gustado acercarme y colocarme un poco con el incienso de los monaguillos, pero no tenía tiempo. Tenía que orientarme por las callejuelas  que esquivaban mi memoria. ¿Era todo más pequeño? Parecía un sueño, un lugar familiar solo a ratos.

Continué caminando errático, internándome en el barrio antiguo, donde las casas de piedra sustituían a las de cal, hasta dar con el torreón. Suspiré aliviado. Mi antigua escuela estaba por allí, y aquel barrio no estaba tan difuso en mi ajado mapa mental. ¡Ah! La panadería de la Sindy. Siempre me pareció un mote muy inteligente. La pobre vieja nos sonreía con su boca de almeja cuando íbamos a comprar gominolas después de clase, de ahí su apodo, Sindy: sin dientes. Los putos niños, qué crueles son. Y hablando de crueldad…

En otro guiño del destino, la dirección que tenía anotada me llevó dos calles más abajo del torreón, un lugar que no había olvidado en absoluto. Mi único recuerdo del pueblo vivía allí, en  la esquina presidida por el busto de Cervantes Me acerqué a la estatua, conteniendo un escalofrío. Cervantes miraba a la pared de enfrente con los ojos abiertos. Esos ojos que lo habían visto todo el nueve de junio de mil novecientos noventa y dos.

Era el único recuerdo de aquellos años que estaba claro en mi memoria. ¿Cómo olvidarlo, si soñaba con ello casi todas las semanas desde entonces? Pero en los sueños parecía más siniestro; ahora solo era algo misterioso, como un vórtice de sensaciones despertando del pasado, veinte años atrás.

Yo nunca he sido alto, sin embargo crecí rápido, y con trece años alcancé mi altura definitiva, lo que me permitía mirar a casi todos por encima del hombro. Sin embargo, no imponía respeto en clase, mi bigote y mi cara bonachona lo impedían. Los demás solían practicar la puntería con mi cabeza, o calentarme el cogote amablemente con collejas altruistas. En definitiva, yo era el chaval con menos pinta de meterse en líos en toda la zona del alto Guadiana. Mi carácter era dócil, nunca una palabra malsonante cruzó mi lengua, ni un gesto agresivo cerró mi puño. Pero había un momento a la semana, solo una hora en la cual podía despertarse mi ira. Traté de esconderlo durante toda la educación primaria con bastante éxito, hasta aquel fatídico día.

Era la hora de dibujo técnico, los viernes antes de comer. Mis manos crispadas alrededor del compás perfilaban circunferencias en tinta; un suspiro, y adiós lámina. Tan frágil, tan etéreo, tan imposible alcanzar la perfección…Durante aquella hora, me sentaba al final, solo, lejos del bullicio de los que se tomaban a broma la asignatura. Para mí no había otra cosa que cerrar círculos y figuras lo más perfectamente posible con la tinta del rotulador, hasta me ataba un pañuelo a la cabeza como desactivando una bomba.

De tanto viajar a aquella escena, podía leer claramente el título de la lámina. “Tangencias”. La última del curso, y la más difícil. Dieciocho figuras comunicadas que se solapaban de una manera gótica y caótica sobre el papel. Y mi mano hacía rasgar al compás, cerrando la última línea, recorriendo los milímetros que me separaban de la perfección, cuando una mano impactó sobre mi nuca.

Recuerdo quedarme muy quieto mientras me subía el calor a la cara, escuchando carcajadas a la vez que miraba en trazo negro emborronando mi trabajo. Aquella risa me estaba matando. Me levanté de un salto, tirando la silla, y me destrocé la garganta con el insulto más sentido que un niño de trece años es capaz de conjurar.

Toda la clase enmudeció. No por el grito, allí había gritos constantemente. Pero nadie insultaba a El Herenciano. Y yo acababa de hacerlo, a base de bien.

El Herenciano era un repetidor con tres años de más y cuatro dientes de menos, con su anillo y su pendiente reglamentarios. Tenía tanto pelo en los nudillos que apenas le veía los dedos agarrarme de la pechera. No era muy listo, pero la calle era su escuela, y sabía cómo imponer su ley; con aquel insulto le había desafiado y sus ojos clamaban venganza. Sonrió, acercando mucho la boca a mi cara, y con su aliento a tabaco susurró la frase más terrible del mundo.

  • A la salida te espero.

Pasé el resto de la clase apoyado en la pared, temblando y puede que rezando. Los demás compañeros rodeaban a El Herenciano, vitoreándole y masajeándole los hombros. Solo Luis, mi incondicional con camiseta de Iron Maiden se acercó para darme algunos consejos.

  • A ver, tío, te va a machacar, hazme caso. Te va a partir todos los dientes, así que procura levantar la lengua para no tragártelos. Yo he estado en muchas peleas y lo que siempre funciona es la hostia en la tripa. Déjate de puñetazos en la cara o en los cojones. A la tripa, que se quede sin aire, y cuando se agache del dolor, le das un rodillazo en toda la frente. ¿Me estás oyendo? Oye tío, no irás a potar, ¿verdad? Tienes que zurrarle rápido, o llegarán sus primos con las motos y…bueno, ya viste lo que le pasó al Alfonso…Eso le pasa por imbécil, ya le dije que no sacara el cortafríos. Cuando son solo puños, no pasa nada, pero esos cabrones le dieron con el candado hasta que… ¿seguro que no vas a potar? ¡Respira, hombre!

Al fin sonó la campana, y me llevaron en volandas hacia la puerta del colegio. La noticia se había corrido, y todos los chavales de las otras clases acudían para no perderse el espectáculo. Alguien sugirió alejarnos un poco de la puerta, para que no nos detuviera ningún profesor, así que me empujaron hasta aquella esquina, donde Cervantes era testigo de la escena.

Me vi rodeado por un corro de voces jóvenes, gritando y salivando. El Herenciano se remangaba la sudadera llena de manchas de gasolina y me increpaba al otro lado del círculo. Recuerdo haber mirado al sol sin parpadear por unos instantes, como buscando una señal. Pero no la hubo.

Pasó muy rápido. Alguien me empujó hacia El Herenciano, y éste me endiñó un mamporro en la sien, como un martillo pilón que me envió al suelo. Algo me goteó el hombro, quizá lo mismo que ahora decoraba de rojo el anillo del gamberro. Sentí un mareo profundo y di una arcada que divirtió a los asistentes, pero no lo suficiente. La concurrencia quería más, así que unas manos me levantaron y volvieron a arrojarme al círculo, mareado e indefenso. Casi no podía tenerme en pie, pero no volví al suelo. Hubiese sido lo mejor, todo habría terminado. El tipo se lo tomó como una invitación al segundo asalto y cargó para acabar conmigo. Entró con todo, embistiendo con la cabeza, como un jabalí. Algo, quizá mi piloto automático o la respuesta a mis oraciones me hizo apartarme en el último momento.

La cabeza de El Herenciano se estrelló contra la pared de cal azul, dejando un enorme desconchón blanco. El matón se quedó totalmente tieso a mis pies. Parecía un cadáver, pálido e inmóvil. Lo miré, como si aquello no fuera conmigo. El grito de una chica hendió el aire y me devolvió a la escena. Todo fueron pies, carreras, gritos y polvo, y antes de que pudiera volver a respirar me vi solo, con el cuerpo inmóvil de El Herenciano manchando de rojo la acera.

Estaba como clavado al suelo. No podía moverme, solo mirar el pelo negro del tipo. Un temblor, como un murmullo intermitente empezó a acercarse. Un ruido de motores. Comprendí. Los primos de El Herenciano. Miré de nuevo el cuerpo. Tenía que desparecer de allí, pero mis pies no se movían.

Todavía sentía pavor al recordarlo. Caminé por la esquina, casi oliendo mi sudor frío de entonces. El desconchón blanco seguía en la pared, como una nube sobre la pintura azul. Lo palpé con un escalofrío. No había vuelto allí desde aquel día. Mis padres me llevaron a Madrid, asustados, y no volví a saber de nadie en años. Mi amigo Luis me dijo, mucho tiempo después, que El Herenciano y sus primos me habían buscado por todo el pueblo cuando se repuso. Contaba que se había salvado porque todo ocurrió cerca de su casa, y lo pudieron recoger y meterlo dentro. Me preguntó con insistencia sobre cómo había conseguido escapar, pero no pude responderle.

Miré de nuevo la dirección. Sí, era aquella calle, y aquella puerta. Traté de concentrarme en Marta, en su sonrisa, para distraerme del vértigo que sentía al revivir la experiencia. Y mientras llamaba respiré hondo. Habían pasado muchos años. Nada de aquello importaba ya. Todos me habrían olvidado. O eso pensaba, hasta que se abrió la puerta.

Hacía veinte años que esos ojos no me miraban. Me quedé petrificado. Era imposible. Él…en aquella casa…Nos miramos en silencio. No sabía si correr, cerrar la puerta o desvanecerme, pero en aquel lapso infinito apareció Marta, presentándome a su hermano e invitándome a pasar.

Y juro que deseé que hubiese sido El Herenciano aquel tipo. Lo habría hecho todo más fácil. Pero no. Tenía que ser el tío que me había salvado, me había llevado al callejón del Toro, y me había besado en la boca mientras las motos llenaban de humo toda la calle.

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