Relatos

Secuencia estelar

Los científicos somos los detectives de la naturaleza, tratando de resolver un crimen sin buscar al autor. Por qué la vida. Por qué la muerte. Por qué hay un porque y un por qué. Algunas veces tengo la sensación tirante de hilos invisibles sujetos a mis codos, y suele ocurrir cuando estoy a punto de hacer un gran descubrimiento; también escucho carcajadas invisibles y un sabor dulce en la boca que desaparece de pronto, como una cucharada de la tarta más rica que nunca podré comerme. Es mi trabajo desafiar a Dios todos los días, como un peón tratando de comprender un enroque, siempre a merced de los dedos divinos. Por eso, cuando surge una cuita más mundana me vengo del creador poniendo todo mi ser en desentrañar el misterio, ya sea un crucigrama de la revista de la peluquería o la composición del ADN del sapo escamado.

Ésta sed de venganza, ésta búsqueda de desafíos ergonómicos nos había llevado a Stephen y a mí al simposio sobre la oxitocina que se impartía en la universidad. Aunque él no era biólogo como yo, era otro maldito curioso, pero solo interesado en los asuntos de atmósfera para arriba. Así es, decía que los astrofísicos le rascan la barba a Dios y el resto de los científicos, las pelotas. A veces pienso que tiene razón. Sin embargo, cuando intervenían mujeres, Stephen podía bajar de las nubes como un rayo, por eso había accedido a acompañarme.

La llaman la molécula del amor. La oxitocina es la responsable de los abrazos y besos en el cuello tras el furor venusiano, es la que orienta los pensamientos femeninos hacia el príncipe del romance, es la que hace dibujar corazoncitos en vez de otras formas menos amables al probar el boli. Y es el principal enemigo de Stephen.

¿Se puede odiar una molécula? Ya lo creo que se puede. Para Stephen, no había creación más cruel de la naturlaeza que la oxitocina. La testosterona rubia y concentrada de su cuerpo le inflaba las venas casi rebosándole por los ojos cuando tenía una cierva en la mirilla, y una vez se había deleitado con su presa, allí estaba la oxitocina maldita haciendo que la cierva herida de mil bocados y besos en el corazón volviera al día siguiente a por más tortura. Stephen odiaba al amor porque no le dejaba ser coherente con sus instintos de cazador. Stephen odiaba la oxitocina, porque ella era la culpable de la pasión griega que despertaba en todas las hembras que se traía al piso, y gritaban su nombre como pregones del Olimpo desde el rellano. Y no me dejaban dormir, así que yo también me apunté al simposio, a ver si entre los dos encontrábamos la solución biológica a los corazones partidos que llenaban nuestro felpudo.

  • Aquí pone -dije subrayando mi libro.- que se segrega oxitocina al estimular los pezones…

Stephen bostezó atrayendo las miradas de algunos asistentes a del auditorio. Les miró con desdén y se escondió tras el periódico.

  • ¿Me escuchas, Steph?
  • ¿Eh? Ah, los pezones.
  • ¿Para qué vienes, si te estás leyendo la sección de deportes?
  • Es que mañana hay fórmula uno. Pero te escucho, colega. Pezones. Interesante.
  • Eso creo yo. Tal vez sea la clave, si no hay pezones no hay oxitocina. ¿Alguna vez te has tirado a alguna titi sin tocárselos?
  • Que me encierren si lo hago.-volvió a bostezar y el conferenciante puso los ojos en blanco.- Los pezones son el timbre de villa orgasmo, como dos aldabas colgadas de las…
  • ¿Tetas?

Nos giramos para conocer la boca que acababa de pronunciar aquella palabra. Los labios, casi tan tersos como las nalgas que ahora descansaban en el asiento de al lado de Stephen, nos sonreían llameantes de pintalabios. Pude escuchar las pupilas de mi compañero dilatarse, al tiempo que a sus colmillos crecer en tamaño.

  • Sí, tetas.-dijo Stephen, apoyando un codo en la fila de atrás.
  • Curiosa teoría la vuestra, chicos, pero que sepáis…- se tocó el colgante.- también se segrega oxitocina de otras maneras…
  • ¿Ah sí?-respondió él.- ¿Cómo cuáles?

Un siseo del público nos mandó callar. Stephen sonreía de aquella manera especial, solo con un lado de la cara, casi queriendo ocultar al otro lado sus intenciones y su flequillo rubio. Tras unos segundos de silencio y un par de miradas, Stephen cogió mi boli, escribió algo en el periódico y se lo entregó a la joven.

Me encogí de hombros resignado. Stephen no podía concentrarse en otra cosa que no fueran mujeres si las había cerca, y yo quería atender a la conferencia. Ahora él empezaría a ligar con ella, charlando un rato, como con todas. Pero para mi sorpresa y sin mediar palabra, las tablas de los asientos golpearon los respaldos vacíos y sus dos cuerpos se escurrieron corriendo entre risitas cómplices.

No podía creerlo. Apenas habían transcurrido tres diapositivas del ponente y Stephen ya la había cautivado. Sin hablar. Cogí el periódico del suelo para deleitarme con la sutileza poética de mi amigo, y tal como esperaba no encontré un verso alejandrino escrito en la primera plana, aunque lo que había garabateado no tenía ningún sentido para mí:

OBAFGKM

De forma lenta y continua, mis entrañas bombearon oleadas de curiosidad desmedida, y un nuevo acertijo se reveló ante mí. ¿Cómo lo había hecho?

Me levanté haciendo restallar mi asiento y abandoné el auditorio. Mientras el eco de mis pasos rebotaba por los pasillos, aquellas letras lo hacían dentro de mi cabeza. Debía ser un anagrama, eso seguro. Pero, ¿cómo era posible que ella lo hubiera descifrado? Salí al campus y caminé por la hierba, una y otra vez. Lo analicé del derecho, del revés, con letras alternas, asignando números a cada letra, sumando, restando, integrando y derivando. Nada.

Me estaba empezando a hervir la sangre. Parecía un acertijo imposible, tanto que la sensación de peón estúpido se hacía palpable con cada hipótesis errónea. Corrí hacia la facultad de química y paré a un par de estudiantes con bata que venían riéndose del laboratorio. Al parecer, su amigo se había bebido un chupito de ácido clorhídrico y aquello les parecía más emocionante que mi acertijo, así que no me ayudaron. En matemáticas se había inundado la biblioteca y todos se apresuraban a sacar los libros de cálculo integral, pues tenían examen al día siguiente. Pasé por al lado de la facultad de medicina, escupí y seguí corriendo hasta llegar a la de ciencias físicas, donde estaban comprimiendo helio y el ruido era tan insoportable que resultaba imposible mantener una conversación.

 Me di por vencido tumbándome en el parque de las ciencias, mirando al cielo, derrotado. Y sin querer, me dejé llevar por los hados y me dormí.

  • ¿Está muerto?
  • Que va tía, si tiene los ojos abiertos.
  • Que no Ana, que no los mueve, mira…
  • ¡Ay! ¡Joder, mi ojo!
  • Lo… ¡Lo siento! Es que…parecía que…
  • Pues no.

Me levanté del suelo, y con el ojo bueno entreví a dos mujercitas apuradísimas

  • De verdad que lo siento…
  • Eres una bruta, tía.
  • Bueno, ya da igual…-murmuré lagrimeando.
  • ¿Te traemos agua o algo?
  • No, si ya… ¡Un momento!
  • ¿Qué? ¿Coca Cola?
  • No…esos colgantes…
  • ¿Ves tía? Te he dicho que la gente se iba a fijar…
  • ¿De dónde los habéis sacado?
  • ¿Qué, te molan? Son la nebulosa del Ojo de Gato. Si quieres uno vas a tener que fastidiarte, porque solo nosotras podemos llevarlo.
  • ¿Ah sí?
  • Sí, ¿verdad, Ana?
  • Es un regalo de fin de promoción. Hoy nos graduamos, ¿Sabes? ¡Por fin seremos licenciadas en Astrofísica!

Astrofísica. Sonreí, aparté a aquel par de pánfilas y eché a andar hacia la biblioteca. Stephen, viejo zorro. El colgante era lo primer que había visto cuando la dama se le ha sentado al lado, por lo tanto, aquellas letras debían tener relación con las malditas estrellas. Mi compañero había sido muy hábil llevándosela a su terreno común. Me concedí un jaque y entré en el enorme edificio, caminando hacia la ‘’A’’. Igual yo no era tan idiota.

Me costó un par de horas, pero al fin di con la respuesta. Se trataba de la secuencia estelar que ordena las estrellas en función de su temperatura y brillo en el diagrama Hertzsprung- Russel. OBAFGKM eran los tipos de estrella que existían. Sin embargo, aquello no me decía nada. Me senté entre los libros, pensando. Tal vez aquello era un jaque mate. Yo no podía saber qué se escondía tras aquellas estrellas solo hojeando libros. Estaba claro que debía ser algo complicado y más profundo, solo al alcance de algunos elegidos expertos en astrogilipuerteces. Jaque mate, joder. Me rendí, y eché a caminar hacia nuestro piso, dando patadas a las piedras por el camino.

Abrí la puerta alicaído y supe por el silencio que no había nadie en casa. En caso contrario, Stephen y su guitarra me habrían recibido con grandes fanfarrias y aspavientos, como siempre hacía. Dejé la mochila en la mesa de la cocina y me serví un vaso de agua para apagar las brasas donde se había quemado mi orgullo. Cuando iba por la mitad del vaso, algo llamó mi atención pegado en la puerta del frigo. Una nota de Stephen. Escupí el agua y arranqué la nota:

Se llama Raquel, y también tiene mala memoria.

Oh Be A Fine Girl and Kiss Me, para no olvidar la secuencia estelar.

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