Relatos

Filosofía boliviana

La mañana era un impasse entre tormentas de verano. Olía casi a mar, y cerrando los ojos podía sentir el agua reptando por mis tobillos o el aroma pesado de la costa nublada, olvidándome a medias de la llanura yerma donde estaba sentado en realidad.

Cielo que huele a mar. Mar que huele a… ¿mar? El mar no tiene imitadores. No se puede comparar el olor del mar, si acaso me aventuraría a describirlo como una cadencia de recuerdos.

Puede que así sea para los que nacimos entre una cepa y un camino terregoso de interior, habitantes del páramo como yo, que hemos visitado al mar casi tantas veces como él a nosotros y atesoramos como zafiros los recuerdo de la costa. Cada vuelta al mar es así un viaje al pasado, un ejercicio de melancolía, y aquella mañana la melancolía venía con las nubes y la brisa plomiza.

Por supuesto, como todo el mundo, soy adicto a esta sensación de tristeza, deseo y calma plácida a partes iguales, y me inoculo una dosis alta de melancolía siempre que puedo. Aquella vez, al divisar las nubes como caballos grises corriendo hacia mi ventana, supe que sería un día estupendo para sumergirme en mis abismos. Cogí la bici, el más melancólico de los transportes, y me dirigí al olivar del tío Antonio.

Los olivos producen una sombra lánguida y pequeña; su forma aporta una sensación de cobijo ante la tempestad solar que lo arrasa, convirtiéndolos en el lugar perfecto para mis propósitos. Además, un vejete había muerto en el campo de Antonio el invierno pasado buscando espárragos, dotando al lugar de una melancolía sustancial, cercana a la de una playa gallega llena de astrónomos suicidas, y allí, entre aceitunas me hallaba sentado.

Volví a llenarme la boca con la brisa pseudo-marina dispuesto a melancolizarme. Diablos. Me estaba costando. Ningún pensamiento ni recuerdo ocre acudía. Impaciente, traté de pensar en el amor, una treta que suele dar resultado. Sin embargo, me había topado con la panadera en mi camino al olivar y había dejado caracolear mis pensamientos en torno a su piel de harina, preguntándome si sabría tan bien como olía su tienda. Ésta sutileza me tejía un sombrero de distracción voluptuosa ante mis visos de romanticismo; las imágenes de revolcones entre trotas de azúcar distraían mi melancolía. ¿En qué podía pensar entonces para inducírmela? ¿La familia? ¿Mi perro? ¿La muerte de mi perro?

Un momento, me dije. La muerte…la vida… ¡Claro, la vida! ¿Acaso había algo más melancólico que sentirse en una playa a desentrañar el sentido de la vida? Claro que no. Podía imaginarme a los filósofos griegos llenándose la toga de arena, mesándose la barba y cultivando la arruga de la frente. Ah, melancolía. Y estoy de suerte, me dije. Ya tenía el aroma marino, solo faltaba acariciarme la sien y pensar sobre la vida para alcanzar el éxtasis.

Resuelto, me entregué a todo tipo de cuestiones teológicas, epistemológicas, ecológicas e ilógicas que lejos de llevarme al limbo triste me sumieron en un estado de gran inquietud. Me levanté. Mi juego ya no era divertido; fingiendo profundos pensamientos había encontrado preguntas puntiagudas… ¿El sentido de la vida? ¿Cuál diablos es, si mi placer mayor consiste en empaparme con oleadas de tristeza sabor lima limón? Cogí la bici dispuesto a resolver esta cuita que se agitaba entre mis cejas.

Por fortuna dispongo de una fuente infinita de sabiduría, aparte de las revistas femeninas, donde siempre analizo mis tribulaciones. No, no me doy al vino, sino al barro. Me explico. Soy escultor de bustos, y hace tiempo descubrí el método para dotar de vida a mis cabezas de arcilla, de tal manera que asumen la personalidad del esculpido. Así pues, hablo con mis cabezas cuando no están hablando entre ellas, claro. La técnica es sencilla: las modelo escuchando bachata, el himno de la melancolía por excelencia. Probé también con blues, pero mis modelos acababan hablando en inglés texano incomprensible; la bachata los dota de un acento boliviano, pero español, a fin de cuentas.

Cuando descubrí esta curiosa técnica me dediqué, por supuesto, a recrear los bustos de los mayores seductores de la historia para pedirles consejo sobre los asuntos de Venus. Sin embargo, si el rostro no era perfecto, el busto no adquiría exactamente los atributos de la personalidad deseada, como pude comprobar. Así pues, ningún consejo de Rasputín me reportó beneficio sexual alguno, aunque sí mejoraron mi sopa de cebolla. Felipe IV, en cambio, no decía nada, solo me guiñaba el ojo de manera sugerente.

Volviendo al asunto que me ocupaba y resuelto a responder la pregunta, visité la biblioteca, escogí algunos libros con fotografías y corrí a mi taller para empezar a trabajar. Dispuse la arcilla, sonó la bachata y modelé a Aristóteles en apenas media tarde, con la nariz chata y un ojo achinado debido a mi impaciencia. Coloqué el busto al sol y esperé a que se secara. Al cabo de un tiempo y con lentitud, la arcilla se tensó y Aristóteles parpadeó con fuerza, saludándome con su acento boliviano.

  • ¡Cómo es, señor! ¡Buenas tardes!
  • Hola, Aristóteles.
  • ¿Qué le ocurre, señor? ¿Está de chaqui?
  • No.
  • ¿Qué ocurre pues? Está muy serio en esta linda tardecita.
  • Sí, Aristóteles. Verás, tengo que hacerte una pregunta.
  • Ah, pues adelante.
  • ¿Cuál es el sentido de la vida?
  • Yaaaa, eso es pichanga…-bostezó.
  • ¿Cómo?
  • Que es muy fácil, sí.
  • ¿Y cuál es?- pregunte ansioso
  • Lo único que da sentido a esta vida, cuate, es el baile de la mazurca.
  • ¿Qué? ¿Mazurca?
  • Sí, el baile.

En aquel momento sospeché ligeramente si mi busto contenía el saber de Aristóteles, así que para asegurarme, le tendí una trampa.

  • Oye, Aristóteles.
  • Diga.
  • ¿Se debe separar la idea de la propia realidad?
  • Para bailar mazurca, cuate, hay que pegarse bien, nada de separación. Que no corra el viento, cadera con cadera…
  • Gracias, Aristóteles.

Confirmado mi fracaso, cincelé la boca a Aristóteles, pues había empezado a cantar, y me concentré en modelar esta vez a la perfección a otro de mis filósofos favoritos: Diógenes de Sinope.

Empleé dos semanas, utilicé catorce libros con ilustraciones, seis kilos de arcilla fresca de la vega y doce recopilatorios de la bachata más descarnada que mi vecina la duquesa encontró en su arcón de madera. Cuando al fin Diógenes cobró vida y parpadeó, lo coloqué en medio del patio bajo el sol vespertino que calentaba con rabia. No iba a cometer más errores ni a perder más tiempo; debía averiguar enseguida si mi Diógenes era Diógenes, así que bloqueé la luz con mi cuerpo proyectando mi sombra sobre el busto del griego, que enseguida se removió inquieto, y habló.

  • Oiga señorito, ¿no le importaría apartarse, pues? Me está quitando el sol, ¿Sí?

Dando palmas, celebré aquella respuesta que solo podía indicar que me encontraba ante el auténtico Diógenes, siempre molesto con los que le hacen sombra. Me senté a su lado ante su mirada errática, y lancé la pregunta.

  • Diógenes, ¿Cuál es el sentido de la vida?- El busto se carcajeó.- ¿Qué ocurre?
  • Ay cuate, a usted no se lo voy a decir.
  • ¿Cómo? ¿Por qué no?
  • Ah, criaturita…le falta belleza, pues.
  • ¿Belleza? ¿Pero qué dices?
  • No eres perfecto como yo, compadre. Mira mi cutis. Fino como teta de una cariátide…oh…
  • ¡Pero si te he modelado yo!
  • Lo siento, señorito, no hablo con seres de belleza inferior… buenas tardes.

Enfurecido, cogí el busto y lo lancé al río. ¿Diógenes, altivo? No, nunca. ¿Qué había ocurrido? Abatido, me senté en una piedra y miré pasar el agua. El modelo era perfecto. Absolutamente perfecto. Y se comportaba como Diógenes, sin embargo un Diógenes enamorado de sí mismo…Tal vez, me dije, tenía yo la culpa. ¡Claro! El modelaje afectaba a la personalidad del busto, tanto si es imperfecto como si es demasiado perfecto…mi Diógenes estaba tan bien hecho que mi trabajo había inoculado narcisismo en el busto…Por otro lado, mi Aristóteles era en exceso festivo, fruto quizá de mi poco rigor y emoción al crearlo. Sólo cabía esta explicación, que me sumió en un estado de profunda y deliciosa melancolía el resto del día. Al despertarme, sin embargo, la pregunta seguía clavada en mi coronilla como si fuera un alfiletero.

El sentido de la vida…Diablos…Diablos… Me iba a resultar imposible modelar un busto sin imbuirle de mis emociones, sin buscar la perfección…Y entonces, como un cañonazo a ras de sien, la respuesta me golpeó detrás de la cabeza. Salvador Dalí.

Si había un sabio que podía ser modelado, era Dalí. Su mente era un caos completo, por lo tanto el éxito estaba asegurado; no se puede fallar cuando se busca el error. Si creaba el peor busto posible, sería Dalí en su más pura esencia, deconstruído y reconstruido para ayudarme con mis pesquisas.

Coloqué de inmediato un pegote de arcilla en la mesa, le di dos puñetazos y un puntapié, le metí un dedo para hacer la boca y le clavé dos lapiceros que emulaban dos bigotes tiesos. Al instante, sin siquiera secarse, el busto empezó a silbar.

Temeroso, me acerqué. Como no le había puesto ojos ni orejas, no sabía si me miraba, ni si podía escucharme, aun así lancé la pregunta.

  • Salvador Dalí… ¿Cuál es…el sentido de la vida?

La abertura en la masa de barro se abrió en la sonrisa más siniestra, tosió un par de veces y finalmente susurró:

 

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